Wiston Churchill en su despacho de trabajo, a los 80 años.
Por Armando de Armas
Pero estos hombres no sólo tendrían en común el haber estado en una
misma guerra, aunque en distintos bandos, sino que, más importante aún,
ambos serían enormes estadistas al tiempo que enormes escritores y que,
política que suele empañar a las letras, ambos llegarían a ser más
conocidos como estadistas que como escritores; en el caso de Churchill a
pesar de haber sido galardonado con el Premio Nobel de Literatura en
1953.
En 1895, recién conseguido su primer despacho de oficial y con tan sólo
21 años de edad, Churchill se las arregló para ser destinado a Cuba en
calidad de observador militar y periodista, pero parece ser que el
impetuoso inglés también tomó parte en los combates hombro a hombro con
los íberos. En sus informes y artículos acerca de la experiencia cubana
se aprecia, por una parte, los típicos prejuicios etnocéntricos
expuestos con la ingenuidad propias de esa edad y, por la otra, un
pragmatismo que le permite valorar adecuadamente el escenario de la
guerra, sobre todo en lo concerniente a la situación real de los isleños
insurrectos que les impediría ganar la contienda por su propia cuenta,
al menos no sin ayuda de una potencia extranjera como finalmente
ocurrió; algo que, curiosamente, también pudo apreciar Ferrara desde las
filas opuestas.
El futuro Nobel de Literatura escribe en sus informes: “... A la mañana
siguiente se encontraban en Sancti Spíritu, por aquel entonces un lugar
insalubre. La columna del General Valdéz era batida por la fiebre
amarilla y por otras enfermedades tropicales. Al día siguiente de marcha
llegaron al pueblo de Iguará, sitiada por los insurgentes para evitar
que entraran suministros a la población.
El 29 de noviembre llegaron noticias de que 4.000 insurgentes bajo el
mando del General Máximo Gómez estaban acampados a pocos kilómetros al
este de Iguará, y a las 5 de la mañana del 30 de noviembre de 1895 el
General Valdéz emprendió la marcha con la intención de entablar combate
con los insurgentes. Todavía estaba la niebla de la mañana cuando la
columna española se vio envuelta en el fuego enemigo”. Mientras que en
misiva desde el lugar de los hechos Churchill escribe a su madre: “El
General, es un hombre muy valiente, vestido con su uniforme blanco en su
caballo gris, gritando órdenes a lo largo de la línea de tiro española,
con las balas pasándole muy cerca. Él iba al frente de la infantería en
el avance que permitió ganar 500 yardas al enemigo. Tuvimos mucha
suerte de no perder muchos más hombres de los que perdimos, pero esto se
debió a que los rebeldes no tenían ángulo de tiro. El General me
recomendó para la Cruz Roja (una condecoración que se daba a los
oficiales españoles), y al bajar del tren al día siguiente me encontré
al Mariscal Martínez Campos y a toda su
camarilla, que me felicitaron y comunicaron que la condecoración
llegaría en breve”. Curiosamente, tanto Churchill como Ferrara
desarrollaron su aventura militar cubana mayormente en la misma
geografía: Las inquietas Villas.
Posteriormente Churchill escribiría en el Saturday Review del 7 de marzo
de 1896: “Es imposible que ellos ganen una simple batalla o conquisten
una ciudad. Su ejército consiste en su mayoría en mulatos
indisciplinados”. Y es que lo apreciado por el británico en las fuerzas
mambisas parece que no le hacía precisamente optimista respecto a que,
una vez arribadas al poder, ofrecieran una alternativa mejor para la
isla que la emanada de la metrópoli española. Así, el 15 de febrero de
1896 asegura en el mismo Saturday Review: “La victoria rebelde ofrecería
muy poco beneficio para el mundo en general y para Cuba en particular”
(...) “Aunque la administración española es mala, el gobierno cubano
podría ser peor, igual de corrupto, mas caprichoso, y mucho menos
estable. Por todo ello sin duda las revoluciones serían periódicas, la
propiedad insegura y la igualdad desconocida”. Bueno, la verdad es que
las palabras del futuro primer ministro inglés denotan una suerte de don
profético; a los hechos de la historia posterior nos remitimos.
Más o menos por esa misma fecha de los artículos en el Saturday Review,
escribe a su amigo Bourke Cockran: “Espero que los Estados Unidos no
fuercen a España a dejar Cuba, a menos que estén preparados para aceptar
la responsabilidad de los resultados de dicha acción. Si a los Estados
Unidos les importa tomar Cuba, lo cual sería un golpe muy fuerte para
España, debería de ser de la mejor manera posible para el mundo y para
la isla. Pero mantengo que sería algo monstruoso si lo único que van a
hacer es crear otra República sudamericana, que aunque degradada e
irresponsable es apoyada en sus acciones por los estadounidenses, sin
mantener ningún tipo de control sobre su comportamiento”. Luego, en
Churchill apreciamos una dialéctica decantación en que parece apostar
siempre por el mal menor, a favor de los intereses de una isla que, por
extrañas sincronías, parece haber estado en el centro de muchos de sus
juveniles desvelos.
Churchill y Roosevelt en la Conferencia de Yalta.
No obstante, con esa sabiduría suya para pactar con la sombra, como el
mismo Ferrara, como todos lo grandes que en el mundo han sido, cuando
Estados Unidos entró en la guerra contra España, en 1898, las simpatías
de Churchill estuvieron de parte de los estadounidenses y, sobre todo,
de los cubanos, pues coherente con su pensamiento expresado dos años
atrás, vislumbró la oportunidad de crear un gobierno fuerte y estable
para Cuba: “América puede dar a los cubanos la paz”, asegura en una
entrevista al Morning Post del 15 de Julio de 1898, “y quizás la
prosperidad volverá. La anexión norteamericana es lo que debemos apoyar
todos en este momento, aunque quizá no debamos apoyarlo mucho tiempo.”
Churchill, nacido en 1874 y muerto en 1965, se graduó en la Real
Academia Militar de Sandhurst, pero, las mediocres calificaciones
obtenidas lo obligan a ingresar en el Ejército, y como oficial del
Cuarto de Húsares, es que participa en 1895 como observador en la Guerra
de Independencia de Cuba, para pelear luego en la India, en 1898 y, al
año siguiente, en África del Sur, destinos donde también ejerció como
corresponsal de guerra para periódicos londinenses, en lo que sería el
despegue de una carrera literaria que finalmente lo llevaría a la
cúspide con una voluminosa obra donde destacan: Savrola (1900), La
crisis mundial (1923-1929), La Segunda Guerra Mundial (6 vols.,
1948-1953), así como Historia de los pueblos de habla inglesa
(1956-1958).
En la guerra sudafricana de los bóers es hecho prisionero, pero la
espectacular fuga que protagonizó y su posterior actuación en las
fuerzas que rompieron el cerco de Ladysmith, le dieron al escritor la
popularidad que le impulsaría decisivamente en los albores de su carrera
política, donde sería subsecretario de Estado para las Colonias y
ministro de Comercio e Interior y, para 1911, al incrementarse la
tensión internacional, Primer Lord del Almirantazgo, puesto desde el que
impulsó una rápida modernización de la marina y el desarrollo de la
aviación, convencido como estaba, con esa su proverbial visión
profética, de que el estallido de la que después sería conocida como
Primera Guerra Mundial era inevitable.
En 1915 y en plena contienda, es considerado responsable del desastre de
Gallípoli, en el intento de abrir los Dardanelos, por lo que dimitió de
su cargo, para reingresar en el Ejército y combatir en el frente
occidental. Llamado nuevamente por el primer ministro Lloyd George,
sería designado ministro de Armamento en 1917 y de Guerra y del Aire en
1918. Entonces, como ocurre a los que no se limitan a repetir lo que el
común de los enanos del circo quiere oír, su oposición a hacer
concesiones a las aspiraciones independentistas de la India y el escaso
eco que tenían en el Gobierno sus advertencias sobre el peligro que
representaba para la seguridad internacional el desarrollo del
socialismo de los nazis en Alemania, terminan por marginarlo durante
largo tiempo de los puestos de poder. Así, en 1939, en vísperas del
estallido de la Segunda Guerra Mundial (esa que había venido anunciando
sin que la sociedad inglesa ni el apaciguador Chamberlain le hicieran
caso) es restituido en su cargo en el Almirantazgo y, al año siguiente,
iniciada ya la carnicería, se convierte en primer ministro, al frente
de un Gobierno de coalición.
Churchill, fogueado en la guerra de Cuba, supo encarnar el espíritu de
resistencia de la nación inglesa, dotado de una férrea voluntad y
prometiendo al pueblo británico no el arreglo con el enemigo para la paz
esclava, o de los esclavos, sino sangre, sudor y lágrimas, fue el
responsable de las principales decisiones durante el ataque de los
aviones de la Luftwaffe a las islas Británicas y participó en la
preparación de la campaña de El Alamein, 1942, además de desempeñar un
papel crucial en la conservación de la frágil alianza con el comunista
Stalin (a quien sabiamente consideraría aún peor que Hitler), y de
establecer un estrecho contacto con el presidente estadounidense
Franklin D. Roosevelt, con quien firmó la Carta del Atlántico. Por otro
lado, el gran estratega inglés tuvo así mismo una intervención decisiva
en las conferencias de Casablanca, El Cairo, Teherán, Yalta y Potsdam,
cónclaves que cambiaron el curso de la guerra y diseñaron el mapa
político del mundo de la segunda mitad de la centuria número XX. En
1945, finalizada la contienda, pierde las elecciones, pero en 1951
accede nuevamente al cargo de primer ministro, que desempeñó hasta 1955,
pero antes, en 1953, es galardonado con el Premio Nobel de Literatura
y, en 1963, el Congreso de Estados Unidos lo nombra ciudadano honorario
de este país. Ciudadanía que merecería no sólo por haber sido un
baluarte de la libertad individual en el mundo, sino porque Winston
Churchill, nacido en el Palacio de Blenheim, propiedad de su abuelo,
séptimo duque de Marlborough, era hijo de lord Randolph Churchill y de
la estadounidense Jennie Jerome.
Entre los muchos aspectos, digamos, peculiares, en la personalidad de de
Winston Churchill está su capacidad para anticiparse al futuro, don del
que pudiéramos decir que deja constancia ya desde sus informes, misivas
y artículos sobre la guerra de Cuba, y después desde su privilegiada
posición de poder en su país, en que pudo hacer alarde de su eficacia en
la interpretación de la situación del mundo y que le permitiría
prevenir acontecimientos posteriores como la I Guerra Mundial, aunque
sus advertencias, como casi siempre ocurre en estos casos, no fueron
escuchadas. La popularidad alcanzada por el eminente escritor se
sustentaría sobre todo en el poder de anticipación a la realidad, como
ocurrió cuando, posteriormente, advirtió del peligro que suponía para
Gran Bretaña y el mundo el desarrollo del nazismo de Adolfo Hitler. Así,
en 1938, el Acuerdo de Munich, acuerdo por el cual Inglaterra y Francia
eran obligadas a ceder ante Alemania, hizo finalmente ver a muchos la
capacidad de anticipación de que Churchill había hecho gala. Además cabe
destacar que Winston Churchill fue el primero en definir el término
"telón de acero" con el que se hacía referencia a las dictaduras
comunistas que bajo la égida de la Unión Soviética sometían a los
pueblos de Europa del Este.
Churchill fue el principal promotor de la política y el pensamiento
anticomunista anglosajón en todo el mundo durante el siglo XX. En 1946
visitó Estados Unidos y pronunció su famoso discurso en Fulton,
Missouri, en el que siguió advirtiendo a Occidente, especialmente a
Estados Unidos, de la política expansionista del imperio de los
comunistas soviéticos, favoreciendo una estrecha alianza angloamericana
contra los marxistas artillados hasta los dientes. Antológicas serían
las siguientes frases de Churchill para definir el socialismo: 1- “El
socialismo, es la filosofía del fracaso, el credo a la ignorancia, la
prédica a la envidia. Su virtud inherente es la distribución igualitaria
de la miseria." 2- "Ningún sistema socialista puede ser establecido sin
una policía política." 3- "Que el tener ganancias es reprochable es un
concepto socialista. Yo considero que lo verdaderamente reprochable es
tener pérdidas." Ya desde su época de ministro de Armamento en 1917 y de
Guerra y del Aire en 1918, el triunfo y consolidación de la revolución
bolchevique en Rusia, vienen a convertirse en una obsesión para
Churchill y quiere, a toda costa, enviar tropas en ayuda de los
ejércitos blancos que luchan contra los rojos, de quienes asegura que
“son enemigos del género humano” y que gobiernan “a golpes de masacres y
asesinatos en masa” (...) “De todas las tiranías de la historia, la
tiranía bolchevique es la peor, la más devastadora, la más
envilecedora”, pero en el gabinete se oponen, y entonces propone enviar
dinero y armas a Denikin y Kolchak, los jefes anticomunistas, pero
tampoco tuvo éxito, demostrando una vez más no sólo su proverbial don
profético, sino la proverbial ceguera de los políticos al uso y al
abuso, pues de haber sido apoyado en sus planes antibolcheviques la
humanidad, quizás, se hubiese ahorrado los más de cien millones de
muertos que luego costó (y cuesta aún en lugares como Corea del Norte,
China y Cuba) a la humanidad el comunismo, un régimen que Ronald Reagan,
otro grande y en buena medida heredero ideológico de Churchill,
definiera después como el imperio del mal.
Quizá podría aventurarse que el don de lo profético es lo que conduce a
Churchill al nivel de considerársele por muchos como el más grande
estadista de todos los siglos, una grandeza que permite, y de alguna
manera exige, verle en múltiples dimensiones del devenir, y una de esas
dimensiones, a la que por cierto algunos atribuyen su don de la
previsión, y por ende, su grandeza como estadista, y su grandeza en
todos los órdenes, sería la dimensión del ocultismo. Pero, en lo que no
parece haber dudas es en el hecho de que Churchill se consideraba a sí
mismo como un ser providencial ungido y urgido por la misión de iluminar
al mundo y salvar a la Gran Bretaña porque, en su vislumbre, y en la de
otros personajes protagónicos en el escenario de la Segunda Guerra
mundial, ésta no sería una simple guerra, sino una que alcanzaría
proporciones cósmicas de enfrentamiento numinoso entre las fuerzas de la
luz y las tinieblas. Entre esos personajes se encontrarían no sólo
Churchill y Hitler, sino el mismísimo temible general norteamericano,
George Smith Patton, quien estaría seguro de la reencarnación hasta
afirmar que en todas sus vidas anteriores siempre había sido guerrero,
un legionario romano, un mariscal napoleónico, o nada menos que Aníbal,
en unos avatares que lo llevarían a través de los siglos en una
sanguinaria sucesión de conflictos que no serían otra cosa que la
historia misma del hombre.
En 1940, al ser elegido para encabezar el gobierno de coalición, una de
las primeras medidas oficiales de Churchill fue declarar un día nacional
de oración y pedir un minuto de silencio cada día, a las nueve de la
noche, antes de la emisión de las noticias, y durante el resto de la
guerra, sobre lo cual dicen que Hitler comentó no se sabe si en serio o
en sorna: "Ésta es el arma secreta más potente de Churchill". Pero, si
en ese sentido parece ser que Hitler estaba armado de un auténtico poder
de hipnotismo sobre las masas, conexión con el inconsciente colectivo
pangermánico, también parece ser que Churchill tenía el poder de
comunicar con el psiquismo profundo de los anglosajones y aliados en
general; probablemente
a eso se refería el presidente John Kennedy en el discurso con motivo
del nombramiento de Churchill como ciudadano de los Estados Unidos, al
decir: "usted ha comprendido el verbo como un arma de guerra".
Foto de Oscar Ferrara
Se asegura que Aleister Crowley, el famoso ocultista británico, fue
quien asesoró a Churchill para que propagara el signo de la victoria, o
Thumbs Up, el que se produce cuando se levanta el dedo pulgar para
expresar afirmación o victoria, que a menudo usaba el mandatario y que,
según los ocultistas, haría ganar la guerra sobre los nazis o bestias
pardas. En ese orden de cosas, Crowley, que además de esotérico era
escritor, publicó un pequeño panfleto que contiene poemas relacionados
con el tema, titulado Thumbs Up: A Pentagram - a Pentacle to win the
war, para que también lo usaran los soldados en combate.
Y es que, en esas mismas categorías binarias entre la luz y las
tinieblas, parece haber oscilado la vida misma de Wiston Churchill;
empezando porque hay indicios de que padecía del síndrome maníaco
depresivo, o desorden emocional bipolar congénito o hereditario,
enfermedad mental a la que definía como su "Perro Negro" y que se
remontaría muy atrás en su linaje. Lord Moran, uno de sus biógrafos, ha
escrito que Churchill aseguró en varias ocasiones que siempre evitaba
quedarse de pie al borde del andén de un tren expreso o cerca de la
borda de un barco porque, como el mismo estadista decía, "una decisión
de un segundo acabaría con todo".
Pareciera que, por otro lado, la afición de Churchill por el alcohol no
sería precisamente un secreto de estado, hasta el punto de que el
mismísimo Hitler pretendía denigrar públicamente al político inglés
haciendo burla de su alcoholismo, y de que, para colmo, los enemigos
políticos en su propia patria también intentaban atacarle por el mismo
húmedo lado. Así, en 1946, la diputada Bessie Braddok y Churchill
protagonizaron un duelo verbal que pasaría a los anales de los chistes
sobre beodos, cuando la primera le disparó durante una recepción: "¡Está
usted borracho!", y el segundo le respondió: "Sí pero yo mañana estaré
sobrio y, en cambio, usted seguirá igual de fea". Las fotografías
tomadas a la dama en cuestión darían la razón al perspicaz Churchill.
No obstante sus tinieblas, o quizá por ellas mismas, el mundo no podrá
olvidar su refulgente luz, esa que le pulsa y propulsa para que, a punta
de intuición e intriga, firmeza y ferocidad, coraje y candor, Churchill
pudiera un día ponerse a la cabeza de la Gran Bretaña inmersa en los
peligros de la cerrada noche de la Segunda Guerra Mundial; estadista
entero, escritor sin miedo a la palabra, a la palabra sin pervertir;
componentes que, en definitiva, lo hacen un paladín como ningún otro
frente a esas ideologías carniceras y concentracionarias, quiere decir,
frente a esos socialismos sostenidos en las figuraciones del fascismo y
el comunismo, nacionalista el uno, internacionalista el otro, el uno
para matar al judío, el otro para matar al burgués, ambos para matar al
hombre, al individuo, a la inteligencia; totalitarios y supramodernos en
suma. Pero, para obtener eso, para ser ese paladín, tenía que saber
dar, estar dispuesto a dar, de la misma medicina que los mesiánicos dan,
mesiánicos como marxistas, o mesiánicos como arianistas, misma hez, hez
que se dice heroica, medicina como la muerte, o la muerte como
medicina; requisito insoslayable que el mandatario británico habría de
cumplir para devenir en la manifestación de un darma que le situaría
entre los homagnos de la historia, porque, digámoslo de una vez,
Churchill no escaparía a la índole de lo ineluctable determinando que
cada árbol de ramas que crecen hasta el cielo no puede sino hundir sus
raíces en el infierno.
Vía martinoticias.com