MACEO: EL HOMBRE DETRAS DE LA LEYENDA
Por Alfredo M. Cepero
Discurso pronunciado por
Alfredo M. Cepero, Secretario General del Partido Nacionalista Democrático de
Cuba, en la Sociedad “La Unión Martí-Maceo” de Ibor City, Tampa, Estado de la
Florida, el 7 de diciembre de 2008 con motivo de la conmemoración del 112 aniversario
de la caída en combate del General Antonio
Maceo en el potrero de San Pedro, Provincia de La Habana.
Doctor Aaron Smith, Presidente de la Sociedad La Unión Martí-Maceo.
Doctora Remember Maceo, sobrina-nieta del glorioso general.
Funcionarios locales que nos visitan
Dirigentes de organizaciones cívicas y patrióticas cubanas.
Amigos de otras nacionalidades que nos acompañan esta tarde.
Cubanos y cubanas que comparten con nosotros la lucha, el camino y la
esperanza.
Damas y caballeros:
Cuando mi amigo y coterráneo el Dr. Osberto Fernández, uno de esos
escasos cubanos que hacen patria sin hacer ruido, me notificó que había sido
seleccionado para pronunciar este panegírico en honor al General Antonio Maceo experimenté al mismo tiempo un gran
honor y una inmensa responsabilidad. Después de todo, somos muy pocos los
cubanos que contamos con una hoja de servicios a la patria con suficientes
méritos como para justificar ser dignos expositores de las cualidades y
virtudes que adornaron al protestante indomable de los Mangos de Baraguá. Una
figura de tales dimensiones que hasta el día de hoy supera las páginas de
nuestra historia para convertirse en la historia misma de nuestras guerras
por la independencia. Quién les habla admite sin reticencias carecer de los
méritos para ser digno expositor de la dimensión gigantesca de aquel hombre
extraordinario que fue arquetipo de las mejores virtudes de nuestro
gentilicio. Sin embargo, acepté el honor porque estaba convencido de que
cualquier deficiencia de mi parte sería compensada por mi admiración al
héroe.
Una admiración que comenzó cuando cursaba mis primeros grados en una
humilde escuela pública de mi pueblito natal de Amarillas, en la Provincia de
Matanzas. Desde un cuadro en la rústica pared parecía saltar a galope tendido
un guerrero magnífico que machete en mano desafiaba al enemigo español para
echar los cimientos de la nación cubana. La maestra me dijo que se llamaba Antonio Maceo y ya nunca mas olvidé su nombre ni
pude escaparme del embrujo de su leyenda. Andando el tiempo, y ya en la
Universidad de La Habana, el sacerdote franciscano Luis Zabala, Director de
la Revista Católica Quincena, me pidió un articulo sobre el héroe de Mal
Tiempo para su edición de junio de 1956. En esos años de mi juventud, me encontraba
contrariado y escéptico ante el medio siglo de malversaciones, injusticia
social, inseguridad ciudadana y atentados contra la democracia perpetrados
por nuestros gobernantes. Todos ellos tolerados por un pueblo que, desde la
instauración de la República, había dilapidado la herencia de nuestros
mambises. Por eso titulé aquel artículo: “Maceo se nos hace necesario”. Esta
tarde, después de medio siglo de tiranía y barbarie, creo que todos estamos
de acuerdo en que, en este 2008, Maceo se nos hace mucho mas necesario que en
1956.
Por lo tanto, me parece oportuno y hasta necesario, valga la
redundancia que es totalmente intencionada,
que bebamos en la fuente de coraje, patriotismo y entrega de aquel
cubano sin paralelos si en verdad queremos llevar a una conclusión feliz
nuestra lucha actual por la libertad de Cuba. Para ello, pido su indulgencia
y su compañía para que hagamos juntos un breve recorrido por la vida—al mismo
tiempo fascinante, azarosa y trágica—de aquel hijo de Mariana y de Marcos que
nació predestinado para la inmolación y para la inmortalidad. Todo comenzó
cuando a mediados del Siglo XIX, Marcos Maceo emigró de Venezuela a Santiago
de Cuba en compañía de su madre y tres hermanos. Había escapado con vida de
las guerras por la independencia en ese país y venía en busca de sosiego y de
prosperidad en Cuba. Pero los hombres con inquietud de justicia y vocación de
servicio están mas destinados al riesgo y al sacrifico que al disfrute
apacible de la vida. Fue así como, andando el tiempo, Marcos y seis de sus
hijos abandonaron prosperidad y familia para regar con su sangre el árbol de
la nacion cubana. Sin temor a caer en exageraciones podemos afirmar que
ninguna otra familia ha pagado un precio tan alto por la libertad de Cuba.
No estuvo, sin embargo, totalmente exenta la vida de Marcos de
verdaderos momentos de felicidad y de sosiego. Poco tiempo después de llegar
a Santiago conoce a una dama de porte altivo, mirada firme y andar cadencioso
que había quedado viuda con cuatro hijos varones de su primer matrimonio.
Mariana Grajales conquistó a Marcos Maceo con la fuerza y la intensidad que
años mas tarde su hijo Antonio
llevaría la guerra de un extremo a otro de la Isla. De esa unión nacieron
siete varones y dos mujeres. El primogénito vio la luz el 14 de junio de 1845
y se le puso por nombre Antonio de
la Caridad Maceo y Grajales.
De su padre aprendió Antonio
procedimientos para el cultivo y la administración de las fincas adquiridas
por el venezolano con sudor y esfuerzo, así como los rudimentos de las artes
militares, perfeccionadas mas tarde bajo la mano diestra del viejo Máximo
Gómez. De su madre aprendió una acendrada vocación a la justicia y un amor
entrañable a la libertad. A Mariana se le atribuye el compromiso de su marido
y de sus hijos con la independencia de Cuba y su ingreso en el Ejército
Libertador. Por eso Mariana Grajales no tiene paralelos en nuestra historia.
Surge entonces la pregunta obligada en las mentes incrédulas ante tanta
entereza. ¿Qué alquimia prodigiosa y desconocida contenía el vientre de aquella
matrona maravillosa que, como las madres de Esparta, paría hombres temerarios
que desafiaban a la muerte con la mirada imperturbable de los predestinados y
sin que le temblaran las manos?
Uno de esos centauros de la libertad fue su hijo Antonio quien, recién cumplidos los 22 años,
contrajo matrimonio con la valiente y abnegada María Cabrales, una mujer que
lo siguió a la manigua y al exilio sin pronunciar una queja. A los 23, Antonio se suma a las huestes de Carlos Manuel de
Céspedes que dio la libertad a sus esclavos y declaró la guerra contra la
odiosa y explotadora Metrópolis Española el 10 de octubre de 1868. Lo
acompañaban su padre Marcos y su hermano Miguel. Atrás quedaba María en
estado de su segundo hijo y una niña pequeña que, junto a su hermanito,
moriría poco tiempo después.
Ya en la guerra, su inteligencia natural, su don de mando, su valor
frente al enemigo y la seriedad de su carácter a pesar de sus 23 años lo
catapultan en menos de un año a teniente, capitán, mayor y coronel hasta que
a los 28 años es ascendido a Brigadier General. Su ascenso a Mayor General
tendría que esperar hasta casi el final de la Guerra de los Diez Años en
1878, cuando recién había cumplido 33 años de edad. No cabe dudas de que
aquel discípulo aventajado de Máximo Gómez se había ganado el ascenso con
mucha antelación; pero lamentablemente, ni los riesgos y miserias compartidas
en el campo de batalla, habían logrado todavía borrar de la mente de aquellos
cubanos, por otra parte honorables, los detestables prejuicios contra el
color, la cuna, la riqueza material y el nivel educativo de los seres
humanos. Sin embargo, Maceo nunca dio indicios de sentirse discriminado
porque su autoestima era tan alta que
jamás se consideró inferior a ningún otro hombre.
En el curso de su carrera militar, el héroe de Sao del Indio
participó en mas de 500 combates y entre su bautismo de sangre durante el
ataque al Ingenio Armonía en 1870 y su caída en San Pedro en 1896 recibió el
impacto de 25 balazos muchos de los cuales habrían resultado mortales para un
hombre sin la constitución sólida y corpulenta de Antonio
Maceo. Pero si fuerte era su condición física mas fuerte aún eran su
equilibrio psíquico, su solidez de carácter, su persistencia en la lucha y su
optimismo innato. A tal punto, que se negó a aceptar el Pacto del Zanjón por
el que se dio término a la Guerra de los Diez Años, a pesar de que el mismo
había sido sancionado por su maestro y mentor Máximo Gómez. El joven general se subordina sólo a sus
principios, decide continuar la guerra y cita al Mariscal Arsenio Martínez
Campos para los Mangos de Baragua. Como sabemos, allí se llevó a cabo la
famosa protesta que ha pasado a ser una de las páginas más heroicas e
inspiradoras de nuestra historia. Pero diez años de sangre, miseria y muerte
habían diezmado la voluntad de los cubanos y Maceo, como tantos otros
patriotas, no tuvo otra alternativa que el exilio solitario, infortunado,
miserable y cruel.
Los sufrimientos, sin embargo, no comenzarían con el exilio. Desde
muy joven Antonio Maceo sería
abatido por la adversidad. En los 28 años entre su alzamiento el 10 de
octubre de 1868 y el momento de su muerte en San Pedro a los 51 años de edad,
el 7 de diciembre de 1896, Maceo sufriría la pérdida en combate de su padre y
de cinco de sus hermanos, la muerte solitaria de su idolatrada madre en el
exilio paupérrimo de Jamaica, la separación forzosa de su amada María y la
incapacidad de disfrutar las caricias inocentes de su hijo Antonio, fruto de sus amores con la jamaiquina
Amalia Marryatt. Doce de esos años, quizás los más felices de su vida, los
pasaría en la manigua cubana y los otros dieciséis, sin dudas los más
desgraciados, los pasaría peregrinando sin rumbo por un mundo indiferente y
muchas veces hostil a la libertad de Cuba.
Fue precisamente en estos infortunados años que el general renuente
al exilio sobrevivió a tres atentados contra su vida en Haití, Santo Domingo
y Costa Rica, se enfrentó al frío de Nueva York, paseó por la Cuba peregrina
de Tampa y Cayo Hueso, desafió las olas del Caribe, trepó a la meseta de
Ciudad México y a los Andes del Perú y trató de domesticar sus bríos de
guerrero cultivando su colonia Centroamericana de Nicoya. Pero siempre se
sintió como pez fuera del agua. El héroe de Peralejo se consideraba incapacitado
para la rutina de la vida empresarial y las duplicidades de las tareas
diplomáticas. Después de media docena de fracasados intentos expedicionarios
y de innumerables decepciones con falsas promesas de compatriotas y extraños,
recibe Maceo la invitación de Martí para unirse a la guerra libertadora del
95 y allá va el indómito hijo de Mariana a ponerse al servicio de la patria.
Su única condición que fuera nombrado General en Jefe su mentor el
Generalísimo Máximo Gómez y Baez.
Después de un azaroso viaje por mar llegan a Cuba Maceo y un puñado
de acompañantes en la goleta Honor a las cinco de la madrugada del primero de
abril de 1895. Desembarcan por la Playa de Duaba, cerca de Baracoa, en la
Provincia de Oriente. Hacía cinco semanas que había comenzado la guerra con
alzamientos simultáneos en Matanzas, Camaguey y Oriente. Durante los próximos
veinte días, Maceo y su pequeño grupo de expedicionarios padecieron hambre y
sed, deambularon por lodazales y se abrieron camino a través de intrincadas
selvas tratando de escapar de fuerzas regulares y de guerrilleros al servicio
de España. Ya con los pies hinchados al punto de casi no poder andar se
encuentra finalmente el General con tropas mambisas al mando del Coronel
Félix Ruenes al amanecer del 20 de abril. Unos días más tarde, repuesto de la
terrible experiencia y en buen estado de ánimo, escribe a su adorada María
que ha tomado el mando de las tropas en la Provincia de Oriente y que cuenta
con un contingente de seis mil hombres bien armados. Comienza en este momento
el ascenso ininterrumpido hacia la inmortalidad de este brillante táctico y
estratega que, en los próximos 20 meses, escribiría páginas en la historia de
las artes militares que son estudiadas hasta nuestros días en numerosas
escuelas militares del mundo.
El 5 de mayo se encuentran finalmente Maceo, Gómez y Martí en la
Mejorana pero la entrevista es tan tormentosa que, por un momento, se teme
por el éxito de la empresa libertadora. Existen diferencias profundas en
cuanto a la forma de conducir la guerra
y las relaciones entre las estructuras civiles y militares de la
naciente República. La oportuna intervención de Gómez aplaca los ánimos, el
amor a la patria predomina sobre las diferencias personales y los tres
próceres toman sus respectivos caminos para continuar la obra a la que todos
ellos han dedicado los mejores años de sus vidas. Dos semanas más tarde cae
abatido Martí en Dos Ríos, Gómez se dirige a Camagüey para ocuparse de las
operaciones en esa provincia y Maceo queda a cargo de su amada Provincia de
Oriente.
La prioridad, sin embargo, tanto para Gómez como para Maceo, es
llevar la guerra a las provincias occidentales de la Isla. Ambos achacan el
fracaso de la guerra anterior a la interrupción de la invasión que ya había
alcanzado la Provincia de Las Villas cuando se produjo el intento de
sublevación de las Lagunas de Varona instigada por el General Vicente García.
Esta vez maestro y discípulo están decididos a llevar la guerra hasta las
mismas puertas del Palacio de los Capitanes Generales Españoles e
inmediatamente se dan a la tarea de reclutar soldados, así como de reunir
armamentos, municiones y vituallas para llevar a feliz término la empresa que
consideran vital para ganar la guerra.
Entre junio y octubre del 95 se van engrosando las filas mambisas, se
estipulan normas de disciplina y se obtiene la cooperación de otros generales
en cuanto a la contribución de soldados a la Invasión de Occidente. El Titán
se anota rotundos triunfos en las batallas de Peralejo y de Sao del Indio, al
mismo tiempo en que amenaza al propio Santiago de Cuba. Por fin llega la
fecha esperada para iniciar la marcha y Maceo escoge el lugar donde el sol de
su rebeldía brilló con luz imperecedera: Los Mangos de Baraguá. El calendario
ausente marca 22 de octubre de 1895. En los próximos tres meses, Maceo y sus
huestes sembrarían el terror entre las tropas enemigas, alimentarían la
esperanza en el hambreado pueblo de Cuba, librarían batallas, liberarían
pueblos y darían marchas y contramarchas que confundieron y derrotaron a los
mejores generales españoles.
En solo 90 días, Maceo y una
abigarrada tropa que se limitaba a 1,400 hombres cuando salió de Baragua,
muchos de ellos descalzos y mal armados, recorrieron 2,056 kilómetros en setenta y ocho
jornadas, sostuvieron 27 combates, ocuparon 22 pueblos y despojaron al
enemigo de 2,000 fusiles y 80,000 cartuchos. El 22 de enero de 1896 Maceo
llegó a Mantua, el pueblo más occidental de Cuba, en la Provincia de Pinar
del Río, para culminar una epopeya que muy pocos de sus compañeros de armas
creían posible. Los 200,000 efectivos con que contaba en la Isla en ese
momento el Ejército Español no fueron capaces de detener el coraje y el
patriotismo de Maceo y su legión de predestinados. Su Invasión de Occidente
constituyó una proeza que todavía ocupa un lugar destacado entre las campañas
militares de todos los tiempos. Durante la invasión, Maceo libró más batallas
y combatió contra más soldados que los enfrentados por héroes militares de la
estatura de Simón Bolívar y José
de San Martín en ese espacio de 90 días. De ahí su merecido calificativo de
Titán de Bronce.
El año de 1896 lo pasa este guerrero magnífico hostigando al enemigo
sin cuartel ni descanso. Está consciente de que para compensar su
inferioridad en números y armamentos tiene que mantenerse en movimientos
constante, tanto para sorprender a sus adversarios como para cultivar una
aureola de hijo predilecto de los dioses por su capacidad para aparecer en
varios lugares al mismo tiempo. En Pinar del Río se bate en Las Taironas,
Paso Real y Candelaria. En febrero, pasa la Trocha del Mariel atraviesa La
Habana y penetra en Matanzas para coordinar planes con Máximo Gómez. En
marzo, regresa a La Habana, ataca Batabanó y toma Santa Cruz del Norte. Entre
abril y junio, siembra el terror en una tropa realista de 17,000 soldados que
inútilmente lo persiguen en Pinar del Río combatiendo en Cacarajícara,
Consolación del Sur y San Gabriel de Lombillo. Es herido en Lomas de Tapia,
pero se recupera en breve tiempo para combatir en Ceja del Negro y atacar a
Artemisa en el mes de octubre. El guerrero que ya es una leyenda viva ha
realizado esta hazaña al mando de 4,000 mambises famélicos, mal armados y
muchos de ellos descalzos.
Con el cierre del año, Maceo y un puñado de miembros de su estado
mayor burlan la Trocha de Mariel desafiando un mar embravecido y atravesando
la bahía del mismo nombre al amparo de las sombras de la noche en una frágil
embarcación. Penetra en la Provincia de La Habana con el propósito de atacar
a Marianao para obligar a combatir al carnicero miserable y cobarde de
Valeriano Weyler, quién hasta ahora no se había aventurado a salir de su
madriguera en el Palacio de los Capitanes Generales. Precisamente en los
menesteres de preparar esas operaciones se encontraba cuando fue sorprendido
por una superior tropa española después de almorzar en el Potrero de San
Pedro en compañía de 45 hombres de su escolta personal. Una bala le atravesó
la mandíbula y se le alojó en el cráneo. Unos segundos antes había dicho al
General José Miró Argenter, Jefe
de su Estado Mayor, “esto va bien”. El nutrido fuego enemigo forzó la
retirada de los pocos que habían escapado con vida. A su lado, defendiendo su
cadáver, cayó Panchito Gómez Toro, hijo del Generalísimo, quién sólo unos
meses antes había venido del exterior para ponerse a las órdenes del hombre
que admiraba desde su niñez. En Maceo, la patria perdía uno de sus hijos más
devotos, la guerra su mas brillante y valiente general y la República el
militar con vocación civilista que, de haber vivido, pudo haber garantizado
la estabilidad de nuestras instituciones políticas y evitado muchos
contratiempos que vinieron con la independencia.
Y esto nos lleva de la mano a encontrarnos con un Maceo muy pocas
veces explorado hasta el momento. Porque me temo que, muchas veces, nuestra
admiración justificada por el héroe de Mal Tiempo, Cacarajícara y Sao del
Indio o por el genio militar de la invasión nos ha cegado al punto de ser
incapaces de reconocer al hombre detrás de la leyenda. Maceo el patriota que
renunció a toda ambición personal para servir a la patria, el general que
ponía su espada a las órdenes del poder civil, el cubano nacionalista que
rechazó tanto el autonomismo como el anexionismo y el militar honorable que
respetaba y hacia respetar la vida del adversario fuera del campo de batalla.
El patriota sin ambiciones brilla en todo su esplendor cuando después
de la Protesta de Baraguá, y a pesar de haber sido el líder del movimiento,
apoya a Manuel Calvar como jefe del poder civil y acepta al General Vicente
García como General en Jefe. Cuando pone como condición para su participación
en la Guerra del 95 que Martí designe a Máximo Gómez como General en Jefe. Y
cuando comunica a la Asamblea Constituyente de Jimaguayú en el 95 que no
aceptara cargo alguno en el gobierno de la República en Armas. Que se
limitará a servir a la patria como un soldado respetuoso de las leyes desde
su cargo de Lugarteniente General, creado para él por su mentor Máximo Gómez.
El general no sólo respetuoso sino defensor incorruptible de las
instituciones civiles se nos revela diáfano y enérgico cuando se enfrenta al
infame intento de sublevación de las Lagunas de Varona durante la Guerra de
los Diez Años. De nada valieron los elogios que le dedicara o los privilegios
que le ofreciera el golpista General Vicente García. Este hijo de Mariana
Grajales no se vende por moneda alguna y no aspira a otra recompensa que a la
satisfacción del deber cumplido. De igual manera se comporta cuando, pocos
meses antes de su muerte y con el mérito de haber sido el arquitecto de la
Invasión de Occidente, se le informa de un complot para destituir al
Presidente Salvador Cisneros Betancourt y al General Máximo Gómez. A cambio de
su cooperación, se le trata de sobornar con la oferta de investirlo con
poderes absolutos tanto civiles como
militares de la República en Armas. Maceo es tajante en su rechazo y los
complotados se repliegan amedrentados ante el coraje y la integridad del
Titán de Bronce.
Otra de las virtudes de este hombre polifacético fue la de entender
que las naciones no se fundan únicamente a sangre, plomo y coraje. Que para
perdurar como naciones libres sus habitantes tienen que compartir idioma,
cultura, intereses, historia y, sobre todo, ejercer su voluntad soberana sin
interferencias foráneas. Por eso Maceo el nacionalista se opuso tanto al
autonomismo como al anexionismo. Cuando Antonio
Zambrana, ilustre miembro de la Asamblea de Guáimaro y su amigo y apoderado
en asuntos legales, levantó su copa durante un banquete español en Costa Rica
para brindar por Alfonso XIII, Antonio
Maceo le retiró la amistad. Para este hombre de acero aceptar la autonomía
era un acto de cobardía. No podía haber términos medios y la única
alternativa digna era “libertad o muerte”. O como le dijo en carta airada a José Dolores Poyo: “La libertad no se mendiga. Se
conquista con el filo del machete.”
Y cuando en el curso de un debate un adversario le vaticinó que Cuba
se convertiría un día en una estrella de la Unión Americana, Maceo abandonó
su acostumbrado control y le contestó con toda la vehemencia de que es capaz
quién se ha jugado la vida por sus ideales con esta frase lapidaria: “Esa
sería la única forma en que mi espada estaría al lado de los españoles”.
Y fue precisamente uno de sus enemigos españoles quién salvó la vida
gracias a los principios que guiaban la conducta de este guerrero sin miedo
que podía ser al mismo tiempo fiero en el combate y eminentemente recto y
honorable en el diálogo civilizado con un adversario. Cuando Maceo se enteró
de la existencia de un complot para asesinar al Mariscal Arsenio Martínez
Campos en el curso de la entrevista de los Mangos de Baragua, amenazó con dar
muerte a cualquiera que se atreviera a atentar contra la vida del militar
español. Martínez Campos arriesgaba su vida confiando en la palabra de Antonio Maceo y el hijo de Mariana había aprendido
de su madre que un hombre sin honor no puede fundar pueblos ni proclamarse
soldado de la libertad.
Después de este recorrido apresurado por la vida de este hombre
excepcional, creo que no sería aventurado afirmar que seríamos muy pocos los
cubanos que podríamos acercarnos a su
genio como estratega militar o tendríamos el valor personal para imitar sus hazañas
en el campo de batalla. Pero lo que si podríamos hacer y no lo hemos hecho
hasta el momento en estos angustiosos cincuenta años de tiranía oprobiosa
para los de allá y bochornoso peregrinaje para los de acá es imitar sus
virtudes ciudadanas. Si no podemos ser generales gloriosos como el Maceo de
la leyenda seamos por los menos ciudadanos virtuosos como Maceo el hombre,
quién renunció muchas veces a la gloria personal por el bien de la empresa
libertadora. El patriota para quien la libertad de Cuba era mas importante
que cualquier prebenda o protagonismo y que en carta a su amigo el Dr.
Eusebio Hernández escribió “Para redimir a Cuba es preciso que los hombres
alejen de sí toda idea de predominio,
así como toda pretensión de mando militar”. Para imitar a ese Maceo de la
generosidad y el servicio no hace
faltar valor para arriesgar la vida. Basta con la vergüenza para contribuir
de mil maneras a la liberación de la patria. Y si ya somos tan indiferentes
que no nos interesa Cuba, tengamos por lo menos la decencia de no sembrar la
cizaña de la división compelidos por nuestro cáncer colectivo de la envidia,
odioso vestigio de nuestra herencia española y vicio reconocido por un
español del talento y la integridad de Don José
Ortega y Gasset. En su obra “Viajes y Países”, aquel español universal
manifestó: “El mayor defecto de los anglosajones es la hipocresía y el de los
españoles es la envidia”.
Para concluir, me parece importante trazar un paralelo entre las
gloriosas guerras por nuestra independencia de la Metrópolis Española y esta
infructuosa y prolongada lucha por liberarnos de la presente tiranía. Una
tiranía en que dos engendros diabólicos de un gallego que una vez combatió y
perdió frente a nuestros mambises, se han dedicado por cincuenta años a emular
el odio y el ensañamiento de Valeriano Weyler contra el pueblo de Cuba.
Cuando comparamos ambos escenarios nos damos cuenta de que entre este 2008 y
el 1895 hay al mismo tiempo diferencias y similitudes.
Como en 1895, luchamos contra un enemigo superior en números y en
recursos.
Como en 1895, somos ignorados por un mundo indiferente y muchas veces
hostil.
Como en 1895, estamos divididos por nuestros egoísmos y nuestros
protagonismos.
Como en 1895, estamos física y mentalmente agotados por este largo
camino de frustraciones y errores.
Como en 1895, la ancha brecha entre generaciones dificulta la
comunicación y debilita la unidad de propósito.
Como en 1895, discrepamos tanto en cuanto a los métodos para conducir
la lucha como en cuanto a las estructuras y procedimientos para edificar una
nación de hombres libres sobre las ruinas de una tiranía.
Pero, a diferencia de 1895 y cuando buscamos una explicación para la
prolongación de nuestra agonía nacional, la encontramos en nuestra orfandad
de un liderazgo capaz de imitar las virtudes de un Maceo, un Martí o un
Máximo Gómez. Hombres de distintas generaciones y métodos diferentes en la
forma de conducir la lucha pero que supieron superar esas diferencias para
concentrarse en la meta de liberar a Cuba.
Tenemos, sin embargo, una esperanza. La esperanza que surge del amor
entrañable a la patria y de la dedicación obsesiva a su libertad que muestran
minorías de predestinados que se niegan a rendirse ante la adversidad. Porque
sólo una milagrosa y sublime obsesión puede explicar la asistencia de ustedes
al acto de esta tarde para honrar la memoria del héroe inmarcesible e
inspirarnos en el ejemplo de una leyenda que vive todavía a pesar de su
muerte hace 112 años.
Solo una maravillosa, sublime y terca obsesión puede explicar que
muchos de ustedes hayan renunciado esta tarde a la compañía familiar para
venir a escuchar a un compatriota que sin soluciones milagrosas para nuestra
tragedia y sin siquiera explicaciones para nuestra inercia viene a hablarles
de una Cuba que solamente existe en nuestra memoria, en nuestro corazón y en
nuestra esperanza.
Su asistencia a este acto es sin dudas un testimonio irrebatible de
que, a pesar de los desengaños, los obstáculos y el cansancio, a muchos de
nosotros nos resulta imposible abandonar la lucha. Porque nuestras fuerzas, más
que físicas, son generadas por una voluntad sobrenatural reservada para
servir a la patria de nuestros amores y nuestras añoranzas. Ante esta sagrada expresión de patriotismo,
vienen a mi mente las palabras de aquel místico que venció sin disparar una bala al Imperio
Inglés y fundó una nación que es hoy ejemplo de prosperidad y de libertad. En
un momento en que se debilitaba la voluntad de sus discípulos, Mahatma Gandhi
los conminó a seguir adelante con estas palabras “Mañana tal vez tengamos que
sentarnos frente a nuestros hijos y decirles que fuimos derrotados. Lo que
sería inaceptable es tener que mirarles a los ojos y decirles que no tienen
patria porque no nos hemos animado a pelear”.
MUCHAS GRACIAS
Vía lanuevanación.com