¨…Dos peligros tiene la idea socialista, como tantas otras:-el de las lecturas extranjerizas, confusas e incompletas, - y el de la soberbia y rabia disimulada de los ambiciosos, que para ir levantándose en el mundo empiezan por fingirse, para tener hombros en que alzarse, frenéticos defensores de los desamparados…¨(Tomo 3, 168). Jose Marti

sábado, octubre 20, 2012

LA MUERTE DEL TIRANO Y LA SALVACIÓN DE LA PATRIA.


Por Alfredo M. Cepero
Sígame en: http://twitter.com/@AlfredoCepero

Desde el 23 de junio del 2001, en que sufrió un desvanecimiento en el curso de un acto público en El Cotorro y el 21 de octubre del 2004, en que se fracturó la rodilla izquierda durante otro acto en Santa Clara, los pronosticadores del futuro y los auto proclamados analistas políticos han matado a Fidel Castro docenas de veces. En las últimas semanas, las noticias de su muerte se han difundido en lugares tan remotos como Santiago de Chile, desde donde me llamó en busca de confirmación mi amiga Luisa Navea, periodista de la Segunda de la Hora. Pero como todos los tiranos, que se aferran a la vida para seguir martirizando a sus pueblos, Fidel Castro se niega tercamente a morir.

Por otra parte, sus víctimas y adversarios seguimos paralizados y esperando que se lo lleve el diablo. Esa parálisis de más de medio siglo constituye una vergüenza nacional que los cubanos de tres generaciones tendremos un día que explicar a las futuras generaciones de cubanos. Repito, tres generaciones. Porque la responsabilidad por el reino de terror de Fidel Castro no es de una sola generación, de un solo partido, ni de un solo hombre como afirman quienes, a la manera de Pilatos, pretenden lavarse las manos y rehúsan aceptar responsabilidades. La culpa es de todos, la tarea es de todos y la gloria de la reconstrucción será de todos.

Mientras tanto, el tirano sigue respirando gracias a la esmerada atención médica que le proporcionan quienes lo necesitan como amuleto para prolongar por medios artificiales la vida de un régimen que murió hace ya mucho tiempo. El Mesías de 33 años, que en 1959 bajó de la Sierra Maestra con aspiraciones de convertirse en la simbiosis de Martí y de Bolívar, morirá maldecido por el pueblo que una vez lo idolatró. Sobre todo, ha vivido lo suficiente como para ser testigo del fracaso rotundo de un sueño colectivo convertido en pesadilla por la megalomanía y la maldad de un engendro genuinamente diabólico.

El Fidel Castro de 86 años es por estos días un bufón senil y un amasijo de huesos, flemas, pellejos y excremento que deben producir un asco insoportable a quienes tienen la ingrata tarea de cuidarlo. Ese ha sido su más justo castigo. Eso sí, no tengamos la menor duda de que, en un tiempo que ya no parece lejano, el tirano fracasado, balbuciente y mal oliente irá a reunirse con su padre en el infierno.

En ese momento, el pueblo de Cuba podrá de nuevo respirar en libertad e iniciar el camino hacia la reconstrucción nacional a través de un sistema de democracia representativa. Pero, para que la libertad sea completa y la reconstrucción sea sólida y perdurable, los cubanos tendremos que liberarnos del odio y desterrar de nuestra psiquis nacional el trauma de la ominosa satrapía de Fidel Castro. Si no lo hacemos, el tirano nos seguirá oprimiendo y dividiendo desde el infierno. Su muerte física tiene que ir acompañada de su erradicación total de nuestra memoria histórica. 

Esa sería la victoria definitiva en la epopeya de nuestra liberación absoluta.

Quede, sin embargo, bien claro que esa reconciliación entre cubanos no incluye a quienes han asesinado compatriotas, maltratado mujeres y encarcelado a opositores. La "Paz Cubana", que después de nuestra prolongada tragedia esperamos que sea larga, demandará como requisito imprescindible una justicia sin venganzas pero sin excepciones.

Por otra parte, la labor de la reconstrucción será de proporciones gigantescas. Medida por parámetros internacionales, la Cuba que recibió Castro en 1959 no era una nación perfecta pero era un república próspera con un pueblo relativamente optimista. Era un jardín tropical donde crecían deliciosas frutas, se cultivaban viandas, hortalizas y frutos menores, al igual que se multiplicaban las crías de todo tipo de animales. Podíamos alimentar a nuestro pueblo con nuestra producción nacional e importábamos una proporción mínima de lo que consumíamos.

La tiranía, en cambio, nos entregará una tierra calcinada por la desidia y por el odio donde solo crece el marabú y se importa una proporción mayoritaria del consumo nacional. Y lo peor, nos deja un pueblo no solo pesimista sino minado por el cinismo y marcado por la doble moral.

El cambio antropológico forzado por la tiranía sobre nuestro pueblo ha producido dos tipos de cubanos totalmente distintos, el de antes y el de ahora. Degustamos las mismas comidas, bailamos al ritmo de la misma música y amamos la misma patria pero tenemos ideas y conceptos diametralmente opuestos sobre la forma de hacerla feliz. El mayor reto que enfrentarán quienes se echen sobre sus hombros la tarea de reconstruirla es unir en un solo esfuerzo a esos cubanos diferentes. Porque, para reconstruirla, necesitaremos los brazos y las mentes de todos los cubanos.

Por otra parte, necesitaremos los dirigentes con la capacidad y la voluntad de coordinar los esfuerzos de esos brazos y esas mentes. Hombres y mujeres con los atributos para sacarnos de un mundo alucinante que parece una réplica del infierno de Dante. Atributos tales como la compasión casi mística de José Martí, el valor temerario de Antonio Maceo y el carácter incorruptible de Máximo Gómez.

Con esas exigencias no es extraño que la lista sea extremadamente corta. Aunque conozco algunos que pienso podrían llenar al menos parte de los requisitos, no menciono nombres porque no estoy dispuesto a contribuir en forma alguna a la coronación de otro Mesías. Sobre todo, en un pueblo cuyas desgracias han estado marcadas por la adoración de falsos líderes. En el momento de unas elecciones futuras en verdadera democracia les garantizo que tomare partido y apoyaré candidatos aunque ninguno responda a todas mis exigencias. Porque, como he dicho antes, la política no es la ciencia de lo perfecto sino el arte de lo posible. Y hoy añado que el más condenable de los pecados ciudadanos es declararse apolítico.

No debemos, sin embargo, dejarnos asaltar por el desánimo ante la obvia ausencia de líderes que sufrimos estos momentos. Tengamos en cuenta que ese temple de hombres y de mujeres no se forman en laboratorios artificiales. Se forman en el laboratorio de la lucha diaria y en los momentos difíciles de los pueblos. Y los descubrimos por la actitud que asumen cuando les llega el momento de salvar a sus patrias de las asechanzas que las amenazan.

Y confirmamos su capacidad para el liderazgo cuando demuestran el buen juicio de rodearse de hombres con diversidad de talentos, la habilidad de diplomáticos consumados para mantener la cohesión del equipo, la mano firme para premiar el éxito y castigar el fracaso y el sentido común para reconocer sus propias limitaciones. En esos casos extraños nos encontramos en presencia de verdaderos estadistas.

Entre otros muchos ejemplos, la historia nos proporciona los de dos líderes que alcanzaron ese nivel de verdaderos estadistas. El primero lo tenemos en un desconocido abogado del estado de Illinois que perdió varias campañas electorales antes de ser electo presidente de los Estados Unidos. Cuando su patria se encontraba al borde de la desintegración como nación, Abraham Lincoln se alzó sobre las miserias humanas y salvó a una  Unión Norteamericana que hoy es inspiración y ejemplo para el mundo civilizado.

Cuando el pueblo inglés era pulverizado por los demoledores ataques aéreos de la Alemania Nazi, un octogenario terco, elocuente y corajudo llamado Winston Churchill transformó una inminente derrota en una resonante victoria sobre la fuerzas del totalitarismo y la barbarie. Ambos lograron victorias casi milagrosas porque pusieron la felicidad y el bienestar de sus pueblos por encima de sus intereses políticos. Esperemos que en Cuba surjan dirigentes y descubramos a un pueblo con la capacidad de producir un milagro de iguales proporciones. Medio siglo de sacrificios y sufrimientos nos hacen merecerlo.

Vía lanuevanación.com

No hay comentarios.: