¨…Dos peligros tiene la idea socialista, como tantas otras:-el de las lecturas extranjerizas, confusas e incompletas, - y el de la soberbia y rabia disimulada de los ambiciosos, que para ir levantándose en el mundo empiezan por fingirse, para tener hombros en que alzarse, frenéticos defensores de los desamparados…¨(Tomo 3, 168). Jose Marti

miércoles, septiembre 19, 2012

LA "PRIMAVERA" ÁRABE Y LA PESADILLA DE OBAMA.

Por Alfredo M. Cepero

"De las cuatro guerras que han tenido lugar en el curso de mi vida, ninguna empezó porque los Estados Unidos eran una potencia militar", Ronald Reagan.

Durante los dieciocho meses que ha estado haciendo campaña para mantener sus prebendas presidenciales, Barack Obama optó por ignorar cualquier conflicto  internacional que pudieran dañar sus niveles de aprobación en las encuestas. Se tapó los oídos ante los gritos de desesperación de los jóvenes iraníes de la revolución verde que clamaban "Obama: estas con ellos o estas con nosotros", haciendo referencia a los clérigos fanáticos que los oprimen. Renunció al liderazgo tradicional de Washington para garantizar la convivencia civilizada en el mundo y puso en manos de la OTAN el derrocamiento de Muammar Gadafi. Y en el más grotesco de sus actos electoreros ha cerrado los ojos ante la masacre de miles de hombres, mujeres y niños sirios a manos de un diabólico y sanguinario  tirano.

Pero, con excepción de los convencionistas demócratas que se opusieron al nombre de Dios en su plataforma, muchos estamos convencidos de que el destino o el Todopoderoso tienen su manera especial de ajustar cuentas. Los mismos musulmanes a quienes Obama extendió una rama de olivo en su infame discurso de El Cairo le han tirado simbólicamente el cadáver del embajador Christopher Stevens y de otros tres norteamericanos ante las mismas puertas de la Casa Blanca. Y con ello, como decimos en buen cubano, le han puesto su permanencia en la mansión presidencial "en el pico del aura". De pronto, se abre otro flanco débil por el cual puede ser atacado y, a su incapacidad como administrador de la economía, se agrega su renuencia--ya sea por ineptitud o cobardía--a confrontar a los enemigos de los Estados Unidos.

Desde la campaña del 2008, el candidato Obama mostró una total ignorancia sobre la maldad y sobre la intensidad del odio de los enemigos de Estados Unidos cuando dijo que se reuniría sin condiciones previas con sujetos de la calaña de Ahmadinejad, Castro o Chávez. Después de ser electo, comenzó en El Cairo su periplo de mea culpa denostando las políticas internacionales de todos sus predecesores, sobre todo la de George W. Bush. Bajo la presidencia de Obama, los Estados Unidos no serían los primeros en el mundo sino uno más entre iguales. ¿Iguales a la Siria de Assad, el Irán de Ahmadinejad, la Rusia de Putin, el Egipto de Morsi, la Corea de Kim Jong Un, la Kenia de Kibaki, el Sudán de Ahmad Al-Bashir, la Nicaragua de Ortega, la Venezuela de Chávez o la Cuba de Castro? Un mundo sin un policía que mantenga a raya a estos delincuentes sería alucinante, aterrador y con toda certeza apocalíptico. Hasta ahora ese policía ha sido los Estados Unidos.

Como ha sido su modus operandi desde "Sueños de mi Padre" y la "Audacia de la Esperanza", Obama adaptó la historia norteamericana a su objetivo de promoverse a sí mismo y de apaciguar a los enemigos de los Estados Unidos. En El Cairo dijo con el mayor desenfado que los Estados Unidos no son un país cristiano. Se desbordó en elogios no solo a los aportes científicos y culturales de los musulmanes al resto del mundo sino a sus contribuciones al desarrollo de los Estados Unidos. Tuvo el descaro de decir que los musulmanes tienen una tradición de tolerancia de otras religiones. ¡Que se lo diga a la madre de Christopher Stevens o a los miles de cristianos asesinados por fanáticos islámicos en Nigeria y en otros países del norte de África!

Para muchos, entre quienes me encuentro--asumiendo desde luego el riesgo de que me llamen intolerante o racista--la manifiesta simpatía de Obama por los musulmanes en particular y por el tercer mundo en general, tiene raíces al mismo tiempo religiosas, ideológicas y sicológicas. El propio Obama ha dicho que uno de los sonidos más cautivadores que ha escuchado en su vida son los cantos musulmanes al amanecer. Este fue un niño cuya madre no practicaba religión alguna, que pasó los años formativos de su juventud en madrazas indonesias donde fue inscrito por su padrastro musulmán, cuyo primer mentor ideológico fue el comunista declarado Frank Marshall Davis y cuyo pastor religioso es un hombre que proclamaba y proclama un odio rabioso contra la sociedad norteamericana. 

Con esos antecedentes, no es milagro alguno que este hombre tenga tal magnitud de confusión sicológica. Parece aspirar a ser la simbiosis del Corán, la Biblia, el Talmud y el Manifiesto Comunista. Un ciudadano del mundo que pretende parecerse a todos pero actúa y se siente por encima de todos los demás. Por eso Obama nos parece tan distinto a un americano formado en Indiana y suena tan foráneo a los valores tradicionales de la cultura  norteamericana.

Eso explica en gran medida su política aislacionista en el ámbito internacional, su distanciamiento de los amigos de los Estados Unidos y su apaciguamiento hacia sus enemigos jurados. Más específicamente, su decisión de desmantelar el escudo de defensa en Polonia y la República Checa, sus garantías a Putin de que sería más flexible en las negociaciones después de las elecciones, su proposición de que Israel regrese a las fronteras indefendibles de 1967, su ambivalencia con respecto a Jerusalén como capital de Israel y su negativa a reunirse con el Primer Ministro Benjamín Netanyahu para neutralizar la amenaza nuclear iraní.

Irónicamente, y para desgracia de Obama, por mucho que proclame ser un presidente innovador que mira al futuro, su presidencia parece más bien un regreso al pasado tenebroso y deprimente de su colega y copartidario Jimmy Carter. Obama, como Carter, muestra ser un americano abochornado de la prosperidad norteamericana que se niega a utilizar el poderío militar de los Estados Unidos para ser respetado por un mundo lleno de enemigos de Washington.

Ambos han llevado a este país a la ruina económica, han demostrado estar más cerca de los palestinos que de los judíos y apaciguado a terroristas islámicos como lo hizo Carter en 1979 en Teherán y lo está haciendo ahora Obama en 20 de los 57 países que le rezan a Alá y se han levantado en armas contra el Gran Satán. El credo de esos fanáticos lo dice todo: "Alá es nuestro objetivo...El mensajero (Mahoma) es nuestro líder...El Corán es nuestra ley...La guerra (yihad) es nuestro camino...Y morir por Alá es nuestra mayor esperanza". Con esos truenos los infieles no podemos darnos el lujo de cruzarnos de brazos.

Por eso fueron  tan acertadas las denuncias formuladas por Romney y los voceros de su campaña contra la actitud apaciguadora y cobarde del gobierno de Obama. Con cuatro diplomáticos muertos, ataques indiscriminados contra los intereses norteamericanos y disturbios sangrientos en 20 países no es hora de apaciguamientos sino de energía. No es momento de dar explicaciones sino de exigir cumplimiento de las leyes internacionales sobre protección a diplomáticos y respeto a la soberanía de los Estados Unidos. Una soberanía violada cuando invadieron las embajadas, saquearon sus oficinas y desgarraron la bandera de las barras y las estrellas. Una bandera bajo cuya sombra han muerto miles de jóvenes americanos defendiendo la libertad en el mundo, incluyendo la de muchos ingratos países musulmanes.

Y sobre todo resulta repulsivo que, con el cadáver todavía caliente de cuatro americanos asesinados por una turba de fanáticos, su presidente ande haciendo campaña en las Vegas  en vez de tomando medidas para confrontar  la crisis desde su puesto de trabajo en la Casa Blanca. Pero trabajo es lo menos que le interesa a este inveterado jugador de golf que ha faltado a la mitad de los informes de sus asesores sobre seguridad nacional. 

Ante esta crisis que amenaza con intensificarse y extenderse a todo el mundo árabe, Mitt Romney tiene no solo el derecho sino el deber como americano y como candidato a la presidencia de llevar a cabo una amplia disertación sobre seguridad nacional. Sobre todo, poner de manifiesto el riesgo que correría la seguridad de esta nación con otros cuatro años del gran apaciguador. En cuanto a todos los que vamos a expresarnos en las urnas el próximo 6 de noviembre, tenemos que asegurarnos de que la pesadilla que embarga a Obama por contemporizar con el atavismo y la barbarie no se convierta en pesadilla para el pueblo norteamericano. Porque esta nación es el último bastión con la capacidad de impedir que los fanáticos musulmanes arrasen con los valores de libertad, democracia y tolerancia que son los fundamentos de la civilización occidental.

Vía lanuevanación.com

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