¨…Dos peligros tiene la idea socialista, como tantas otras:-el de las lecturas extranjerizas, confusas e incompletas, - y el de la soberbia y rabia disimulada de los ambiciosos, que para ir levantándose en el mundo empiezan por fingirse, para tener hombros en que alzarse, frenéticos defensores de los desamparados…¨(Tomo 3, 168). Jose Marti

viernes, julio 27, 2012

LOS MONSTRUOS MATARAN HASTA EL FINAL


"Terminaron matando a mi padre", Rosa María Paya


Por Alfredo M. Cepero



Esa frase lacónica, desgarradora y terminante de la hija de Oswaldo Paya Sardiñas constituye la acusación más devastadora e incontrovertible contra una tiranía que se aferra al poder bañada en la sangre de su propio pueblo. Aún antes de su triunfo el primero de enero de 1959, los monstruos que hoy nos oprimen comenzaron su orgía de sangre con el objetivo de sembrar el terror y suprimir por la violencia cualquier oposición a sus designios dictatoriales. Comenzaron fusilando a cara descubierta, con el aplauso de multitudes enfermas de idolatría a un falso mesías y la indiferencia de un mundo dominado desde entonces por las filosofías de izquierda.


No perderemos tiempo citando cifras de centenares de miles de muertos atribuidos al régimen en Cuba y alrededor del mundo porque, como todos sabemos, las estadísticas varían de acuerdo con la fuente que las elabora. Pero lo que nadie que se respete puede negar es que las propias estadísticas de la tiranía dan cuenta de más de 5,600 cubanos fusilados, la mayoría sin juicio alguno o por medio de juicios amañados y desprovistos de las más elementales garantías procesales. Ahora bien, conscientes de que los números nunca son capaces de transmitir la dimensión de una tragedia como la cubana, ahí van los nombres de algunos de aquellos fusilados: Plinio Prieto Ruiz, Rogelio González Corzo, Manuel Puig Miyar, Porfirio Remberto Ramírez, Virgilio Campanería Angel y Alberto Tapia Ruano.


Andando el tiempo, y tanto con el objeto de esconder sus fechorías de las nuevas técnicas de comunicación social como para preservar el escaso prestigio internacional del régimen, los tiranos han apelado a medios más sutiles y sofisticados para exterminar a sus adversarios. Ahora ya no los fusilan pero usan medios igualmente eficaces, algunos de ellos también mortíferos. Los apalean y torturan, los encarcelan por breves períodos en forma intermitente, los dejan morir en huelgas de hambre, los inoculan con venenos que no dejan rastros y los agreden con arteros accidentes de tránsito. Desde su bien ganado lugar de descanso, señalan a los tiranos con su índice acusador los héroes de nuestra epopeya: Pedro Luís Boitel, Orlando Zapata, Laura Pollan, Wilman Villar, Juan Wilfredo Soto y, el más reciente, Oswaldo Paya. Todos ellos, los de la etapa de la lucha armada y los de la oposición no violenta, han escrito las mejores páginas de una historia heroica que ha de servir de inspiración y guía a futuras generaciones de cubanos.


Desgraciadamente, Oswaldo Paya no será el último que pague con su vida su amor a Cuba y su servicio a la libertad. Su conducta y su prédica acentuaron siempre la armonía y la reconciliación entre cubanos, incluyendo a los carniceros que han masacrado a nuestro pueblo y terminaron dándole muerte. En ese sentido, podemos decir que Paya dio testimonio de su fe cristiana hasta el último minuto de su vida. Nunca lo conocí en persona pero leí muchos de sus escritos porque venían de la mente de un hombre que había enfrentado a la tiranía con la proeza de recaudar más de 25,000 firmas en respaldo de su Proyecto Varela. De la lectura del proyecto surgieron mis discrepancias con sus planteamientos y sus métodos. Y así lo expresé en uno de mis artículos. Pero su conducta y su inmolación en defensa de sus principios lo hacen acreedor al respeto y la gratitud de todos sus compatriotas, incluyendo a quien firma este trabajo.


Irónicamente, con el asesinato de Paya los tiranos podrían haber cometido suicidio tanto político como físico. Un líder del prestigio, la estatura política y la compasión cristiana de Paya pudo haber facilitado una transición sin violencia que permitiera a los tiranos salvar la vida. No lo escucharon porque estaban ensordecidos por la arrogancia, la ambición y el odio al pueblo de Cuba. La única verdad que han dicho los miserables es que únicamente abandonaran el poder de la misma forma en que se lo robaron, a fuerza de plomo y sangre. Pero, como bien dice el refrán, "en el pecado llevaran la penitencia".


Por mi parte, siempre he estado convencido de que el dinosaurio moribundo prefiere la muerte antes que la pérdida del poder. De que el carnicero de cuestionada preferencia sexual que lo ha heredado jamás entregará ese poder sin el permiso del hermano mayor, quién lo programó para la obediencia perpetua a puñetazo limpio desde su niñez en Birán. Por eso, aterrado ante mis propias conclusiones, digo que la única forma en que los cubanos seremos libres es cuando los Castros corran la misma suerte de Ceausescu, Hussein, Mubarak y Gadafi. Si no estamos dispuestos a lanzarnos a las calles como los libios, los egipcios y los sirios jamás seremos libres de una tiranía que da señales inequívocas de querer convertirse en dinastía. Y lo peor de todo es que, para conseguirlo, está preparada para seguir matando a cuanto opositor represente una amenaza a su poder absoluto.


Ese es el escenario tétrico y macabro dentro del que operan en estos momentos los valientes opositores que se enfrentan a la tiranía dentro de la Isla. Las muertes recientes de opositores pacíficos, y quizás más aún la de Paya por su relevancia internacional y sus nexos con la Iglesia Católica, los confronta con la ominosa disyuntiva de morir gritando o morir callados, de morir peleando o morir acatando, de salvar la vida o salvar la patria. Porque, de una forma u otra, la tiranía ha demostrado que está decidida a aplastarlos como cucarachas.


Muchos de mis lectores se preguntarán, ¿cómo podría enfrentarse un pueblo desarmado a una tiranía que cuenta con un ejército bien armado y un eficiente aparato represivo? Y además, ¿qué incentivo tendrían los soldados del régimen para rebelarse contra la jerarquía de la tiranía? Y por último, ¿cómo se crean las condiciones para acelerar la caída del régimen?


Pasemos a responder las preguntas en el orden en que fueron formuladas. Dejemos a un lado por el momento el aparato represivo de la tiranía que, como ocurrió en todos los países comunistas, serían los últimos en abandonar el régimen. Esta gente disfrutan de mayores privilegios y estarían sujetos a mayores ajustes de cuenta por haber cometido mayores atropellos. Pero el ejército es otra cosa. Son gente humilde que viene de los estratos más menesterosos de la sociedad cubana y son parte integral de nuestro pueblo. El pueblo es el ejército y el ejército es el pueblo. Sus miembros lo pensarían más de una vez antes de acatar la orden de masacrar a multitudes de compatriotas desarmados por el simple hecho de reclamar sus derechos como seres humanos.


La razón de ese ejército para rebelarse esta a la vista de cualquiera que tenga aunque sea una idea aproximada y distante de las precarias condiciones en que hoy vive el pueblo cubano. Mientras sus jefes y los jerarcas del régimen viven en condiciones privilegiadas los oficiales de rango medio y las clases del ejército comparten privaciones y miserias con el resto de la población cubana. Después de 53 años de mentiras y privaciones, los lemas han perdido su atractivo y las consignas ya no motivan a la juventud. Ese pueblo hambriento vestido de uniforme está listo para cambiar consignas por comida y uniformes por ropa sin el estigma de ser perros de presa de una tiranía.


Lamentablemente, ninguno de estos factores cumplirá su misión en la lucha por nuestra libertad en las condiciones de inercia que sufre en estos momentos nuestra oposición interna. Mientras el gobierno controle las calles la tiranía se mantendrá en el poder. Ellos lo saben y por eso decapitaron a las Damas de Blanco matando a Laura Pollan y asestaron este golpe demoledor contra el Movimiento Cristiano de Liberación matando a Oswaldo Paya. Y podemos estar seguro de que la lista no termina en ellos.


La bomba de tiempo de una tiranía carcomida por la corrupción, el abuso y la injusticia necesita el detonador de un pueblo tomando las calles en demanda de sus derechos ciudadanos. Ese detonador obligaría al ejercito a disparar contra su pueblo o rebelarse contra los tiranos. Cuba necesita una Bastilla o una Primavera Arabe y esas no se producen sin líderes que asuman la responsabilidad y corran los riesgos. Es cierto que quienes lo hagan se jugarán la vida pero es mejor alternativa que ser otra estadística en la lista ominosa de víctimas de la tiranía más larga y represiva en la historia del Continente Americano.


Vía lanuevanación.com

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