¨…Dos peligros tiene la idea socialista, como tantas otras:-el de las lecturas extranjerizas, confusas e incompletas, - y el de la soberbia y rabia disimulada de los ambiciosos, que para ir levantándose en el mundo empiezan por fingirse, para tener hombros en que alzarse, frenéticos defensores de los desamparados…¨(Tomo 3, 168). Jose Marti

viernes, abril 20, 2012

BÚSQUEDA Y ANÁLISIS: EL TIRANO “LETRADO” Y ESPRONCEDA

Por Andrés Pascual

Tal vez el tirano “sin bandera” comience a hacerse llamar doctor; porque, a su nueva función de “ensayista sobre literatura”, no la viste de largo la definición de “comandante”, aunque ha dejado claro que él no es preceptista ni filólogo, sino político.

Antes, en Cuba, a un abogado le decían “letrado”, término más cercano a Letras, definitorio del gran arte literario que a la profesión de la jurisprudencia heredada del clasicismo latino.

Eduardo Robreño era un vulgar abogaducho descendiente de una de las familias de más rancio abolengo artístico cubano de siempre, en cuyo ámbito brillo el maestro Carlos, pero el “oledor de alpargatas de Castro” ni brilló ni trascendió, no obstante, tuvo su imaginario momento de éxito vía un programa de televisión y un “folletico” lleno de sandeces y mentiras o, cuando menos, tergiversaciones del rico anecdotario nacional de una época cuando todo en Cuba era realmente, y valga la redundancia, “rico”.

Al panfletico, colección Huracán en papel casi higiénico y tapa de cartón de bodega, Eduardo lo tituló “Como me lo contaron, te lo cuento”, para que el lector le eximiera de responsabilidad ante las evidentes “meteduras de pata” que cometió: “la culpa no es mía, si no del cuentero” que no era precisamente él. Hace poco, Fidel Castro le envió una de sus barbaridades “literarias” a Randy Alonso (moderador de la llamada Mesa Redonda de la televisión castrista) sobre nuevas consideraciones, de su propia cosecha, en cuanto a la significación de “la filibustería”, derivadas de la lectura reciente que hiciera, dice, de “La Canción del Pirata”, del poeta del Romanticismo español José de Espronceda.

El exergo del título del comentario, que ni a artículo llega, dirigido a un personaje que no ha de conocer la diferencia entre géneros literarios, por lo tanto, entre ensayo y artículo, es “Te lo cuento para que lo cuentes”, bonito robo de intención de aquella bazofia escrita por Robreño hace más de 30 años. El hecho de la similitud de un subtítulo con otro no despenaliza a Castro del delito de haber hecho otra bazofia y un sonado hazmerreír; sin embargo, entre uno y otro hay diferencias conceptuales: Robreño se escuda en el “me lo contaron” para evadir, desde una torre de marfil bien identificada en la pradera del oportunismo político, el juicio final del lector avezado si es que, como los tiene, existen errores inaceptables y mentira extemporales… Castro no, este émulo de Nerón y de Calígula exige que se cuente lo que, desde su posición omnipotente, hay que aceptar como dice, o sea, como tiene que ser: “te lo digo no para que lo engavetes, si no para que lo riegues…” ¡Qué manera tan exacta y ridícula de barrer el piso con todo y con todos!

Entonces el tirano le propone a su Lazarillo de Tormes para que, en función de voceador de la Corte castrocomunista, distribuya, por los vericuetos de Cubadebate, una nueva concepción de la significación de la piratería de acuerdo a “normas de conducta y pensamiento loables”, a pesar de la violencia criminal, única arista tomada en cuenta a la hora de calificar a los criminales ladrones del mar, con patente de corso o sin esta. Sin darse cuenta, Castro se convirtió no solo en el apologeta del corso y la piratería, sino de aquella película de cuando Hollywood vivió su era “de glamour” prohibidas en Cuba durante más de 30 años, cuyos héroes eran reflejo de condiciones exageradamente edulcoradas, a través de la interpretación de personajes de la piratería por actores como Tyrone Power, Errol Flynn, Burt Lancaster o Clark Gable: El Cisne Negro, El Capitan Blood…


José de Espronceda nació el año de la invasión napoleónica a España, 1808, el del inicio de la Guerra de Independencia contra la Francia imperial. Murió joven, a los 34, pero dejó una obra importante para el Romanticismo Español, contenida en poesía épica, lírica y dramática.



Por su estilo en el canon romántico, lo identifica el recurso del verso político juvenil, inflamatorio, por medio de la poesía liberal-patriótica.


La Canción del Pirata, que pertenece a la épica de Espronceda y es el modelo de Castro en su actitud revisionista de conceptos que están bien definidos y analizados por los más grandes indagadores literarios de la España contemporánea, desde Menéndez Pidal hasta Marcelino Menéndez Pelayo, incluso Ortega y Gasset, es una También de José de Espronceda son estos versos:


No soy yo del castellano


La sumisa enamorada


Soy la cautiva cansada


Ya de dejarse oprimir


Ni quien ilustre cautivo


Estas doradas cadenas


Que de encanto no están llenas,


Y al cabo cadenas son

Tomado del poema La Cautiva, referido a la mora Zoraida, ejemplo magnífico del romanticismo del XIX, a partir del concepto de “lírica como la expresión del sentimiento”

Castro ni ha hecho por tratar lo lírico porque no puede, escasea de la sensibilidad necesaria, por eso escogió lo que creyó que era un argumento bélico como contrapartida a sus estúpidos arreglos y devaneos actuales, todo relacionado con la concepción única del pirata: violencia, saqueo y muerte.


Y que lo publiquen y lo lean, “que es como él dice”; aunque sea una canallada o una estupidez meridiana o lo que realmente es: ambas cosas combinadas.


Vía nuevoacción.com

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