¨…Dos peligros tiene la idea socialista, como tantas otras:-el de las lecturas extranjerizas, confusas e incompletas, - y el de la soberbia y rabia disimulada de los ambiciosos, que para ir levantándose en el mundo empiezan por fingirse, para tener hombros en que alzarse, frenéticos defensores de los desamparados…¨(Tomo 3, 168). Jose Marti

miércoles, noviembre 16, 2011

DIOS, PATRIA Y FAMILIA


Por Alfredo M. Cepero

A través de esta prolongada lucha y más aún en estos momentos en que ya se vislumbran grietas en la anquilosada tiranía castro estalinista numerosos expertos y analistas de la situación en nuestra patria formulan planes para la reconstrucción económica y política de la nación cubana. Temas sin dudas de vital importancia para crear ciudadanos libres de la tutela estatal y una sociedad próspera que ofrezca oportunidades para todos sus hijos. Pero si queremos que las estructuras que se creen con la aplicación de dichos proyectos resistan las avaricias, tentaciones y debilidades de nuestros líderes futuros, ya sean gubernamentales, cívicos o empresariales, tenemos que construir sobre los cimientos de sólidos principios morales, éticos y religiosos.

No supimos hacerlo en las revoluciones violentas de 1933 y de 1959. Hagámoslo en este cambio que se avecina y que será violento o pacífico según las medios a que nos obliguen a recurrir quienes insisten en aferrarse al poder por el terror. Quienes estamos comprometidos con ese cambio debemos asegurarnos de que en esta oportunidad no suceda—como ha ocurrido antes—que tengamos que retomar en un futuro cercano el camino inconcluso hacia una Cuba sin privilegios ni discriminación donde estén incluidos todos sus hijos. La Cuba que nos legaron nuestros mambises y por la que han derramado su sangre millares de cubanos a través de más de un siglo.

Y esto nos lleva a los tres pilares sobre los cuales descansan los argumentos expuestos más adelante en este artículo: Dios, patria y familia. Dios, por ejemplo, ha sido un tema debatido con intensidad y apasionamiento en todas las sociedades humanas a través de todos los tiempos. En su momento los revolucionarios franceses se negaron a reconocer su existencia en el Artículo 2 de su Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, de 26 de agosto de 1789. Aquella sociedad sin Dios recorrió en forma vertiginosa el camino que pasó del absolutismo de la monarquía, a la anarquía de la revolución, fue de regreso al absolutismo bajo el imperio de Napoleón y terminó en el desastre de Waterloo. El propio Voltaire, crítico acerbo del dogmatismo de la Iglesia, reconoció el peligro de aquellos excesos y habló de la necesidad de la fe para gobernar un pueblo cuando dijo: “Si tenéis una aldea que gobernar es necesaria la base de una religión”.

Una actitud muy diferente fue la de los revolucionarios americanos, herederos de los peregrinos que en el Mayflower buscaron libertad religiosa en tierras del Nuevo Mundo. La Declaración de Independencia de los Estados Unidos, firmada en Filadelfia el 4 de julio de 1776, hace referencia a Dios en cuatro ocasiones. En su pasaje mas elocuente dice: “Sostenemos….que todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre éstos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”.

Inspirados sin dudas en estos principios nuestros constituyentes de 1901 reconocieron la importancia de la religión como factor de cohesión y armonía en una sociedad civilizada. Fue el brillante orador y veterano de nuestra guerra de independencia, Manuel Sanguily, quien defendió la inclusión del nombre de Dios frente a las objeciones de librepensadores influidos por el enciclopedismo francés. En uno de sus argumentos mas sólidos dijo: “Dios es el símbolo de aquel bien que va realizándose con nosotros, sin nosotros y a pesar de nosotros, ahora en el presente y en el porvenir. Dios no es en mis labios mas que un símbolo y, en ese símbolo, precisamente por ser un símbolo, caben todas expresiones, las del ateo y las del creyente”.

En nuestra Asamblea Constituyente de 1940, fueron los comunistas Juan Marinello, Blas Roca y Salvador García Agüero quienes se opusieron a la inclusión del nombre de Dios en el texto constitucional. De nuevo fueron derrotados los enemigos del Dios verdadero que constituye un obstáculo infranqueable para sus planes de crear dioses de barro y esclavizar a los pueblos arrancándoles su fe, su amor y su esperanza. En aquella ocasión la defensa del nombre de Dios estuvo a cargo del constituyente Miguel Coyula, otro veterano ilustre de nuestras guerras de independencia.

Treinta y seis años más tarde, un hijo de Satanás expulsó a Dios de la Constitución Comunista de 1976. Resulta, por lo tanto, a todas luces incomprensible que haya todavía disidentes de militancia cristiana que propongan a ese adefesio jurídico y moral como punto de partida para una transición mediatizada que nunca podrá conducir a un perdurable entendimiento entre cubanos.

Después de Dios, el amor a la patria ha sido otro de los valores que con mayor saña han tratado de erradicar del alma nacional cubana los forajidos de esta revolución putrefacta. José Martí con su prédica: “De altar se ha de tomar a Cuba para ofrendarle nuestras vidas y no de pedestal para levantarnos sobre ella” era un anatema y un peligro para quienes se proponían precisamente saquear el tesoro nacional en beneficio propio. Y mucho menos son capaces de experimentar emoción alguna ante los versos emotivos y patrióticos de Bonifacio Byrne: “Si deshecha en menudos pedazos/llega a ser mi bandera algún día/nuestros muertos, alzando los brazos,/la sabrán defender todavía”.

Un patriota cubano y verdadero apóstol de Cristo y de la Patria, Monseñor Pedro Meurice Estiú, confrontó a los dictadores en su misma presencia cuando en sus palabras de bienvenida a Su Santidad Juan Pablo Segundo al indómito Oriente se lamentó de la destrucción de nuestros valores religiosos y morales con estas palabras: “Le presento además, Su Santidad, a un número creciente de cubanos que han confundido la Patria con el partido, la nación con el proceso histórico que hemos vivido las últimas décadas y la cultura con una ideología.” Los pensamientos de estos cubanos ilustres y patriotas confirman lo que todos sabemos. Que la patria no se mide ni se cuantifica porque es el único tesoro con la capacidad de satisfacer nuestras necesidades emocionales de conexión telúrica, identificación con una colectividad y estima personal.

La familia, por su parte, completa la trilogía de valores que dan contenido, sentido y dirección a cualquier conglomerado humano. Lo dijo con diáfana claridad el gran filósofo norteamericano George Santayana: “La familia es una de las obras maestras de la naturaleza”. La mayoría de los sociólogos la han calificado como la célula básica la sociedad. En ella aprendemos no solo nuestras primeras letras sino nuestras más importantes normas de urbanidad y de conducta. Las madres son nuestras primeras maestras. Los padres nuestros primeros ejemplos de responsabilidad y de honradez.

El hogar es el lugar donde se abren nuestros horizontes intelectuales y se consolida el tejido de nuestro carácter para enfrentar los grandes retos de la vida. Los hijos de un hogar recto y feliz crecen esbeltos, rectos y señoriales como nuestras palmas reales. Los hijos de un hogar sin principios o en conflicto carecen de autoestima y son hoscos y estériles como el marabú.

Eso lo tuvieron muy claro los asaltantes del poder en enero de 1959 porque lo habían aprendido de sus mentores soviéticos. Destruyendo la familia, destruyeron la sociedad. Destruyendo la sociedad destruyeron la nación y, con ello, abrieron el camino a la anarquía que fue seguida por la consolidación del poder absoluto en manos de los sátrapas. Nosotros tenemos no solamente que ponerle punto final a este trágico y doloroso proceso. Tenemos que impedir que se repitan las condiciones para otro similar en el futuro.

Para ello, desde el primer día de nuestro amanecer de libertad, junto a los libros de texto, los métodos de entrenamiento y la promoción de inversiones que nos permitan dar empleo al obrero, oportunidad al empresario y pan al hambriento tenemos que introducir al pueblo cubano a los valores eternos de Dios, Patria y Familia. Sin ellos, el edifico de nuestra nación tendría techos de vidrio. Con ellos estaríamos construyendo un alcázar inexpugnable a demagogos y tiranos.

Vía lanuevanación.com

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