¨…Dos peligros tiene la idea socialista, como tantas otras:-el de las lecturas extranjerizas, confusas e incompletas, - y el de la soberbia y rabia disimulada de los ambiciosos, que para ir levantándose en el mundo empiezan por fingirse, para tener hombros en que alzarse, frenéticos defensores de los desamparados…¨(Tomo 3, 168). Jose Marti

domingo, septiembre 25, 2011

TRIBUNA: TITO - RELATOS HISTóRICOS DE LA LUCHA FRONTAL CONTRA EL CASTRO-COMUNISMO



Por Tito Rodríguez Oltmans

En los anales de la Historia de América no había habido un régimen tiránico más cruel que el régimen CASTR0COMUNISTA que impera en Cuba por la fuerza y el terror desde el primero de enero de 1959. A esto tenemos que añadir, por desgracia bochornosa, que este régimen asesino ha hecho las fechorías más crueles no solo contra el pueblo cautivo de Cuba, también su garra asesina ha llevado sus crímenes por todos los continentes dejando en su paso un surco de sangre, dolor y luto. Estas injerencias terroristas se han hecho con la total tolerancia de otros países, supuestamente paladines y amantes del respeto a los derechos humanos, principalmente los EE.UU. que junto con muchos otros países de la llamada órbita democrática del mundo libre, nada hacen para ayudar a los combatientes cubanos. Situación inexplicable. (¿?).

Prisión de Isla de Pinos.




A continuación el relato bien detallado de un compañero preso en La Prisión de Isla de Pinos, (actualmente el régimen le cambió el nombre a Isla de Pinos por el de Isla de La Juventud). Episodio escalofriante para aquellos que no sufrieron prisión política en Cuba en la década de los años sesenta y setenta, esta forma de extrema crueldad era aplicada muy frecuentemente por la guarnición de la prisión. El lenguaje es crudo, pero es la única forma para poder describir los insultos ultrajantes con los cuales se les trata constantemente a los presos políticos, y poder apreciar la maldad medular de los guardias de Prisiones del Ministerio del Interior (MININT).

LA MOJONERA *

Soportamos huelgas de hambre, ensañadas requisas, celdas de castigo, celdas tapiadas, vivir cotidianamente sobre toneladas de dinamita y TNT, trabajo forzado, viento, frío, sol, lluvia, truenos, varios electrocutados, tiros, muertos por disparos en el campo, años de hambre, golpes físicos, terror, siembra sangrienta de cañitas, limpieza de un paraje repugnante “La Mojonera”, nombre dado por los presos a la laguna sanitaria, de unos cien pies de diámetro, donde se estancaba el agua albañal del reclusorio, o sea, una fosa gigantesca de heces fecales al aire libre, con todos sus fétidos atributos. Un pie bajo la superficie de sus negras aguas, se percibía una sensación de tembladera por la densidad de residuos putrefactos, concentrados durante tres décadas, copada en sus tres cuartas partes por plantas acuáticas, abundando el macío y la cortadera, ésta última peligrosa por su hoja larga y triangular de filosos vórtices.

Para evitar el desbordamiento de su materia contaminada (excrementos) por exceso de lluvias u otras causas, “La Mojonera” poseía una abertura o rebosador en la margen del norte que vertía hacia un canal tortuoso de irregular anchura, de entre tres a cinco varas. Tenia de cuatro a seis pies de profundidad, y aproximadamente tres kilómetros de largo desembocando en el mar.

El 18 de noviembre de 1964, el flujo de la pobre corriente de las apestosas “aguas negras” se estancó. Setenta y un prisioneros descalzos, con ropas desgarradas de la circular cuatro, fueron fuertemente escoltados hasta la mencionada laguna, donde violentos y agresivos guardias los empujaban hacia dentro de ésta para que se zambulleran hacia el fondo y arrancar de raíz la alta hierba crecida con el tiempo. En dicho canal se escenificó uno de los más cruentos pasajes del esclavismo penal del mundo actual.

Los esbirros, comandados por el siniestro sargento Juan Rivero, reforzado por los sanguinarios cabos Porfirio, Ochoa, Eta, Olé y otros de igual calaña, mantuvieron a los setenta y un inquebrantables esclavos, desde las 8 A.M. hasta las tres de la tarde sacando la enraizada paraná hacia las márgenes de la enlodada zanja. Esta exhausta labor fue acompañada de un brutal atropello, de fuertes golpes, bayonetazos y culatazos sin tregua. No hubo excepción, todos fueron víctimas de la injustificable fuerza. Al final de esa inhumana tortura, los presos salieron con pasos firmes, ni abatidos, ni vencidos; por el contrario, erguidos como exige el decoroso sacrificio por la patria.

Análoga actitud al grupo que lo antecedió en la limpieza de La Mojonera.

A finales de octubre de 1964, 30 presos de la Circular Uno, la mayoría descalzos y con ropas raídas, otros vendados cabeza y brazos, cubriendo heridas causadas días antes por los guardias, en ese deplorable estado nos condujeron a un potrero frente al presidio. A las once de la mañana comenzó una torrencial lluvia con fuertes ráfagas de viento e ininterrumpida tormenta eléctrica, resistimos una hora y media los embates inclementes de la borrasca. Vibramos como inquietos muelles, tullidos de frío con un punzante dolor de oídos.

De repente cesó la tempestad, el cabo Yaguajay gritó imperativamente en lenguaje vulgar: ¡A trabajá! Nadie obedeció la orden. A los 20 minutos, ochenta soldados portando varios tipos de armas y bayoneta calada, dirigidos por el despótico e inexorable teniente Morejón, con la cara roja de ira gritaba estridentemente ¡Arriba, cojones! Hacia la laguna del otro lado de la cerca, entre culatazos, empellones y pinchazos lanzados, brincamos la cerca de púas y caíamos sembrados en la espesa materia fecal. Entonces nos dimos cuenta que estábamos dentro de La Mojonera. El teniente Morejón, como urraca de ultratumba, no cejaba de graznar: ¡A sacar toda la hierba y las raíces de la laguna, cojones! No se podía parar de trabajar había que arrancar de raíz la pesada húmeda hierba. Con su siniestro rostro el cínico oficial comenzó a entonar otro macabro estribillo: al oír la orden, los esbirros que bordeaban el podrido pantano, rastrillaban sus rifles e improvisaban un discorde coro de amenazas y ofensas contra nosotros.

Las plantas se arrastraban hasta la orilla colocándolas con las raíces para arriba. En ese instante no se podía perder de vista al guardia, que presto corría a pegarnos con cualquier arma, balbuceando agresivo: ¡Pa' dentro del charco, cojones! - En ocasiones algunos muy agotados se sujetaban de la cerca, rápidos eran agredidos por el verdugo que lanzaba su fusil embayonetado tratando de herirlos.

El fondo del lodazar era quebrado, con sus altos y bajos, por tal causa, de súbito nos hundíamos, teníamos que estar atentos todos entre sí para, en ese caso, formar raudos una cadena de brazos con brazos, para halar hacia nosotros al hundido.

Bregamos en esas condiciones desde la una de la tarde hasta que el reflejo rosado del ocaso languideció su bello matiz en el horizonte. Las vendas ya no existían sobre las heridas; ahora eran parte de la miasma. Hubo casos que la sangre de las heridas nuevas cruzó negriroja por sobre las heridas viejas más añejas e infectadas por bacterias. La noche y nosotros teníamos un símil color, nuestro pelo era una cochambre negra, lo mismo nuestra cara, manos y ropa, mas la peste que emanábamos era desagradable, una mezcla de berrenchín de chivo con fango podrido.

No queja, no dolor, no clemencia, todos como un haz de conciencia por la razón y la justicia. Exánimes, lerdos, hermanados por el martirologio y exacta conducta, entramos en nuestro enrejado hogar, la Circular Uno del llamado Presidio Modelo de la Isla de Pinos.

Innumerables presos descendieron a la planta baja para brindarnos ayuda. Uno de los meramente sucios le dijo al que le asistía: "ten cuidado no te embarres, huelo a vaho de fosa". Recibió esta respuesta: "Será para ti, para mí, hueles a dignidad".

Han decursado décadas, desde el fin de ese tétrico calvario, donde extinguimos años de juventud y vida esclavizados en aras de una lucha justa y humana; y al vernos en ocasiones, ya canosos, nos abrazamos como hermanos, y sentimos una sonrisa en el alma, es el consuelo feliz de sabernos triunfadores, que no fue en vano. Así es, la historia actual indica el declinar vertiginoso de la doctrina marxista-comunista, testimonio real de nuestra razón. ¡Viva Cuba Libre!

Tomado del libro “XXX Aniversario de la Clausura del Presidio de Isla de Pinos.” Autor, Fermín Melanio Amador Chamizo- causa 124 de 1962- Número de presidiario en el Presidio de Isla de Pinos: 31909

Vía nuevoacción.com

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