¨…Dos peligros tiene la idea socialista, como tantas otras:-el de las lecturas extranjerizas, confusas e incompletas, - y el de la soberbia y rabia disimulada de los ambiciosos, que para ir levantándose en el mundo empiezan por fingirse, para tener hombros en que alzarse, frenéticos defensores de los desamparados…¨(Tomo 3, 168). Jose Marti

viernes, septiembre 02, 2011

¿TERMINARá CUBA SIENDO UNA COPIA CARIBEñA DEL MODELO CHINO?

China ya es primer mundo y por eso no habrá revoluciones


Desde finales de los 90, he viajado bastantes veces por China. He estado en las ciudades principales, en medianas y en pueblos remotos. La última vez que fui fue en 2009. La sensación de progreso era constante e inevitable. Pekín por ejemplo era una ciudad nueva, distinta a la que viví en 1999. Ahora acabo de volver de allí.

Esta vez ha sido la primera en que he tenido la sensación de estar rodeado de gente como yo. Es evidente que no toda China es primer mundo, pero sí que hay centenares de millones de personas que viven en esas condiciones y con nuestras preocupaciones.

Estuve en Tíbet y los turistas chinos eran mayoría. No es una novedad: las “unidades” de trabajo chinas -las empresas, o dan wei, del sistema comunista- siempre han llevado a sus trabajadores a divertirse y conocer el país. En 2006, en el parque nacional de Jiuzhaigou, al norte de Sichuan, había montones de grupos

Pero apenas se salía de los senderos principales, no quedaba nadie.

En Tíbet ha sido distinto. Había grupos, claro, pero había también familias solas, jóvenes mochileros que viajaban con sus amigos, atrevidos en bicicleta, parejas sin hijos. No solo en Tíbet. Otra sorpresa fue encontrar viajeros independientes en India y Nepal.

Los niveles adquisitivos también variaban. Desde jóvenes en camiseta a gente con ropa técnica de montaña y teleobjetivos de dos mil euros (como los de la foto). Hablé con dos viajeros españoles que habían recorrido China por primera vez; coincidían: “La noticia del viaje es la cantidad de turistas chinos por todas partes”.


Cuanto más jóvenes, más se nota el cambio. Hablé con una chica en Lhasa. Le dije que era de España -un lugar tradicionalmente remoto para un chino- y me contó que había estado aquí hacia dos años. Además me lo dijo en inglés, una lengua que cada vez más chinos chapurrean. Le pregunté a esa misma joven por tanta policía en Tíbet: “Está bien porque es para la paz”, me dijo.

La novedad no fueron solo los turistas. El aeropuerto de Chongqing -nuevo como casi todos- era impecable, sin los típicos descuidos o suciedades de un país en desarrollo con prisas, además con wifi gratis que funcionaba. Al llegar al aeropuerto de Cantón, los taxis ya no perseguían a los extranjeros para acordar un precio, sino que había una cola ordenada y los taxistas ponían el taxímetro (ha sido la vez que he pagado menos por ir del aeropuerto al centro en Cantón). El taxista, además, sabía algunos nombres de hoteles en inglés. Inaudito

En un paseo por el río, montones de jóvenes hacían patinaje on line, las discotecas estaban llenas (y había más que hace apenas dos años). Ha sido también la primera vez que me he descubierto mirando los precios en las carta de los restaurantes chinos. Se ha acabado comer por 40 céntimos de euro; mi almuerzo más barato fue 1,6 euros. Todo era más caro y el cambio con el euro es menos favorable.

Hace unos años, una cena de pescado en Cantón me costó 23 euros; esta vez, en el mismo restaurante, 44. Eran las dos de la mañana y estaba lleno a rebosar de chinos. En ese mismo restaurante, yo, por hablar chino, había sido una especie de atracción local, todas las camareras venían a ver el espectáculo de un guiri que hablara su lengua. Esta vez no pudo importarles menos.




La revolución tendrá que esperar

En tiempos de primaveras árabes, esta clase media china no liderará ninguna revolución. Tienen casi todo lo que quieren y aspiran a disfrutarlo. El régimen les han permitido conseguir lo esencial: vivir mejor que sus padres. Mientras ese progreso se mantenga, no habrá grandes revueltas.

Pero sí pequeñas. Este verano ha habido dos ejemplos importantes. Primero, el intento del gobierno de disimular el accidente de un tren de alta velocidad en Wenzhou, donde murieron 39 personas. El gobierno dijo que la culpa fue de un rayo pero, sea o no cierto, fallaron los sistemas de emergencia. Antes de que el gobierno decretara censura, algunos medios lamentaron la velocidad imprudente del progreso. El ex ministro de Trenes, que fue despedido en febrero, impulsó un crecimiento extraordinario del transporte ferroviario: el ritmo y la corrupción hicieron que hubiera fallos de seguridad. El nuevo ministro lo reconoció, pero no detuvo los trenes. El accidente era cuestión de tiempo.

En agosto, en Dalian, al norte, el tifón Muifa rompió el dique que protegía una planta química. Los ciudadanos de Dalian temían que la contaminación se extendiera debido a las aguas inundadas. Hubo incluso una manifestación de 12 mil personas. El gobierno local reaccionó rápido: prometió cerrar la planta y trasladarla. Aunque hasta ahora no ha pasado nada.




Los dos casos tienen dos puntos en común: uno, los trenes de alta velocidad y la polución son preocupaciones de la clase media y, dos, las quejas se canalizaron y extendieron por Weibo, la versión china de twitter, que está bloqueado allí (China prefiere tener su versión nacional de twitter porque es más fácil que una compañía china acceda a las presiones de control de la censura). Weibo hace solo dos años que existe y tiene ya más de 200 millones de cuentas.

Weibo es sin duda el mayor medio de libertad de expresión en China: se publica información muy rápido (que a menudo logra evitar la censura) y millones de personas pueden compartir sus opiniones. El gobierno tiene dudas sobre qué hacer. Por ahora lo permite porque las frustraciones se quedan en la red y no salen a la calle. Aunque Dalian ha sido un ejemplo de lo contrario: Weibo ayudó a convocar la manifestación de 12 mil personas. El gobierno también ha animado a sus funcionarios que usen el sistema para responder quejas y ver qué se cuece. La opción drástica -cerrar Weibo- parece un riesgo demasiado grande. Podría hacer enfadar a 200 millones de personas. El equilibrio del gobierno con Weibo será un asunto interesante de la libertad en China en los próximos tiempos.

Dos temores para el futuro

El gobierno tiene dos grandes miedos para los próximos años: primero, evitar que quejas por asuntos locales se conviertan en nacionales; segundo, impedir que se junten los lamentos de los pobres -que sí los hay, sobre todo fuera de las grandes ciudades- con los de la clase media. El problema para China es si por ejemplo la corrupción se vuelve tan insoportable que todos salen a la calle para quejarse. Por ahora parece improbable. Los chinos están hoy más preocupados por que les arreglen sus problemas y seguir ganando dinero que en votar en unas elecciones.

Esto no impide que el camino hacia mayores libertades sea inexorable. Hablé con un dibujante en Hong Kong. Me decía que la cultura tradicional china se conserva mejor en Taiwan. China y Hong Kong se dedican sobre todo a crecer y comerciar. Taiwan tuvo su boom, pasó de dictadura a democracia y ahora ve cómo todas las inversiones van hacia China. Le toca vivir a otro ritmo y la cultura tradicional habría renacido.

En China podría ocurrir algo parecido. Ahora las grandes preocupaciones son, para la población, el crecimiento y, para el gobierno, la supervivencia. El día en que China deje de crecer a un ritmo tan grande o la mayoría de su población viva bien, el gobierno deberá abrirse. El dibujante hongkonés hablaba de “30 años”. Parece un margen prudente. China no está madura para grandes revoluciones, pero el cambio lento es imparable


Vía obamaworld.es

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