¨…Dos peligros tiene la idea socialista, como tantas otras:-el de las lecturas extranjerizas, confusas e incompletas, - y el de la soberbia y rabia disimulada de los ambiciosos, que para ir levantándose en el mundo empiezan por fingirse, para tener hombros en que alzarse, frenéticos defensores de los desamparados…¨(Tomo 3, 168). Jose Marti

martes, septiembre 13, 2011

LOS CARACOLES DE CELIA SáNCHEZ



Por Esteban Fernández

El grave error de Celia Sánchez fue amar a una hiena. ¿Qué tipo de atracción pudo sentir esa mujer por un asesino? Quizás sintió una mezcla del amor absoluto de una madre, la pasión de mujer la cual conlleva al deseo sexual y la sumisión que se ve en la lealtad de un perro por su amo.

¿Qué fue Celia para Fidel Castro? Al principio de la contienda cuando estaban en la Sierra, ella fue una mujer enamorada de él, fiel y servicial. A Fidel no le quedaba más remedio que conformarse con aquella mujer flaca, desgarbada y sin muchos atractivos ante la ausencia de algo mejor en aquellos momentos.

Pero poco a poco, Celia se convirtió en imprescindible para Castro. Quizás LA ÚNICA persona insustituible para el monstruo. Era secretaria, enfermera, protectora, santera, administradora de la fortuna, pero sobre todo, Celia personificó su amuleto de buena suerte. Tanto fue así, que el tirano se sintió desamparado y propenso a todo tipo de errores y fracasos tras su muerte.

Al implantarse la tiranía en nuestra nación, Celia recibe una de las mejores mansiones de La Habana. La famosa “casa de Celia” no era más que una de las principales guaridas del recién estrenado dictador. Desde luego, robada a su verdadero dueño. Por lo tanto, ese palacete estaba dedicado a recibir las esporádicas visitas de Fidel Castro.

Celia Sánchez era una especie de sombra, flaca y fea, detrás de Castro. Nunca fue más cierta la frase de “el hombre con el bacalao a cuestas” que en la relación de Castro con Celia.

Durante los primeros años de la dictadura era común que Celia entrara de sopetón en la cocina de cualquiera de los mejores restaurantes de La Habana y saliera con 20 o 25 pollos fritos; los pagaba (en esa época todavía pagaban) y se los llevara a la hambrienta bestia.

Si cinco tipos iban a una entrevista con Castro, primero Celia los recibía, libreta y pluma en mano, para chequearlos. Apuntaba detalles en la libreta como: “Cheíto es el flaco con camisa azul, Pepito está vestido de miliciano, y Pancho es el gordo con una boina negra”. Le entregaba las notas a Fidel y entonces éste se podía dar el lujo de recibir a los visitantes diciéndoles efusivamente: “¿Qué tal Pancho?, ¿Cómo estás Pepe?, y ¿Qué te trae por aquí, Cheíto?”… Y los visitantes se quedaban fríos de que Castro “los reconociera” y admirados de la increíble memoria del farsante tirano.

¿Ustedes vieron la película “El Godfather” donde el jefe mafioso, Vito Corleone, recibía a la gente y les concedía favores y prebendas? Bueno, pues Celia se convirtió en una especie de Godmother de la mafia castrista. Montones de cubanos le hacían tertulias para que ella les resolviera “problemas de poca monta”. Celia solucionaba un embrollo que alguien tuviera con la Reforma Urbana, o unos recién casados que querían un apartamento para poder mudarse, u otro que lo habían separado injustamente de su trabajo. Era la encargada de repartir “migajas de pan”.

En ningún momento resolvía, ni quería resolver, nada que fuera a incomodar al “amo”. No era que ella pudiera salvar del paredón a nadie ni nada parecido. Sólo se ocupaba de boberías y cosas sin mayor importancia, siempre tratando de no perjudicar su enfermiza relación con el monstruo.

Tras su entierro, a Castro, que hasta ese instante había estado victorioso, “le cayó carcoma”: vejez, enfermedades ocultas, temblequeo en las manos, derrotas en Granada, se le formó el lío de la Embajada del Perú, el éxodo por el Mariel, vino la quiebra del comunismo, el derrumbe del muro de Berlín, hubo miles de balseros escapando de la Isla, ocurrió el fusilamiento de su mejor soldado, Ochoa, vinieron los fracasos de las zafras, los ciclones, y todo fue un desastre total.

Claro que todas esas cosas no tenían nada que ver con la ausencia de Celia, pero Fidel Castro, por una rara superstición, todavía vive convencido de lo contrario. No puede concebir que todos los problemas sean producto de la casualidad después que Celia dejó de “tirarle los caracoles”. Lo cierto es que él ha pasado, a la velocidad de un cohete, de “guerrillero heroico” a ser un desastre, fracasado y enfermo dinosaurio.




Vía zoévaldés.net

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