¨…Dos peligros tiene la idea socialista, como tantas otras:-el de las lecturas extranjerizas, confusas e incompletas, - y el de la soberbia y rabia disimulada de los ambiciosos, que para ir levantándose en el mundo empiezan por fingirse, para tener hombros en que alzarse, frenéticos defensores de los desamparados…¨(Tomo 3, 168). Jose Marti

lunes, julio 18, 2011

Nacional-Socialismo en su "explendor"

Científicos no estuvieron en el banquillo de los acusadosLos médicos del horror de la Alemania del Tercer Reich.



Los horrores del nazismo no conocían límites, por ello era frecuente que se utilizaran a los prisioneros de los campos de concentración como cobayos para los experimentos en todos los campos de la medicina. El médico más conocido era Mengele, aunque no fue el único que realizara este tipo de práctica, ya que el listado de nombres es inmensamente largo. Estos médicos, que actuaban al servicio de un Gobierno sin escrúpulos, con los propósitos e instintos más bajos de unas mentes enfermas, no dudaron en asesinar a sus victimas con el fin de satisfacer sus ansias de un conocimiento erróneo e irrazonable.

Desde los años '30 hasta finales de la Segunda Guerra Mundial, el papel que desempeñaron los médicos de la Alemania del Tercer Reich, fue de suma importancia para la planificación y el desarrollo del proyecto nazi de eliminación de la persona humana. El primer elemento sobre el que se asentaban era el “quirúrgico”, con el que mataban a un gran numero de personas por medio de un gas altamente venenoso que se le suministraba a las victimas de los campos a través de las duchas o a plena luz del día en furgones herméticamente cerrados.

El segundo fundamento era el asesinato como imperativo terapéutico. Las víctimas eran seleccionadas dentro de los campos y barracones médicos, donde existían dos grupos: primero, aquellos que nada más al llegar se convertían en pasto de la exterminación, y un segundo, aquellos cuya aniquilación debería ser una agonía lenta pero segura, ya que supuestamente no estaban capacitados para realizar el trabajo acorde con los cánones del campo de concentración. En este apartado se incluían a los niños, que por su corta edad suponían una carga económica y logística. Segundo, supervisaron torturas, asesinatos y confirmaron la muerte definitiva de las victimas.

En el tercer caso, murieron directamente a causa de las epidemias mortales en las cámaras de gas donde fueron enviados inmediatamente por el carácter contagioso que presentaba el mal que sufrían.

Los médicos ordenaban, supervisaban y realizaban igualmente ellos mismos los asesinatos a través de inyecciones de fenol o de gasolina. Los barracones de los enfermos (Krankenrevier) eran sumamente inhumanos, encontrándose los cuerpos moribundos amontonados en tablas de madera sobre sus propios excrementos en espera del triste final que les aliviaría de tal circunstancia. Los médicos no interferían para aliviar el sufrimiento; es más, no se utilizaba dentro de los barracones desinfectantes que impedirían la propagación de gérmenes patógenos.
¿Qué tenía Hitler de especial, que fue capaz de convencer a médicos y enfermeras para realizar y participar en tan crueles crímenes? El ministro de Asuntos Eclesiásticos del Tercer Reich, por su parte, aseguraba a un periodista: “Ha surgido una nueva autoridad, en lo que a Cristo y la cristiandad se refiere. Esa autoridad es Adolf Hitler. Hitler es el verdadero Espíritu Santo” (Hatzair, 2002:6).
Cierto es que Hitler no se creía Dios, pero sí un predestinado suyo, que se creía su propia historia. Los médicos nazis dispusieron en los campos de concentración y exterminio de miles de personas privadas de libertad que fueron utilizadas como sujetos de experimentación.

Los experimentos realizados en los campos tenían como rasgos comunes la perversidad y el desprecio de la voluntad de los sujetos. Se realizaron esterilizaciones masivas, exposición a situaciones ambientales extremas (presión, temperatura, rayos ultravioleta, alimentación con agua salada), gases, bombas incendiarias y explosivas, investigándose armas químicas y biológicas.
Se experimentó con medicamentos, sueros, vacunas, inoculación de enfermedades, heridas artificialmente infectadas y métodos acientíficos de cirugía. Aunque Joseph Mengele es conocido por los estudios realizados con enanos y gemelos, también investigó ciertos aspectos de la tuberculosis. En algunos casos se realizaron cirugías innecesarias, y los cadáveres se utilizaron no sólo para estudiar cerebros, esqueletos y cráneos, sino posiblemente también para ilustrar un atlas anatómico.
Existían normas éticas sobre investigación médica con animales y seres humanos pero judíos, gitanos, enfermos y discapacitados no fueron considerados por los nazis ni como animales.

Una parte importante de los médicos alemanes y austríacos colaboraron con el nazismo. De hecho, el 45% de los médicos alemanes pertenecieron al Partido Nazi, un porcentaje mayor que el resto de las profesiones.
En las universidades y en las facultades de medicina austríacas y alemanas, los médicos judíos ocupaban una parte muy importante de su profesorado. En Viena, el 78% del profesorado de la facultad de medicina fueron forzados a abandonar sus puestos ante la complacencia, cuando no la colaboración, del resto de los colegas, que vieron, además, en esta medida una magnífica oportunidad para ocupar sus plazas y recibir sus clientes.

Los judíos que habían ejercido la medicina antes de la subida al poder de Hitler, era de un 16% de los profesionales. El despido de médicos judíos empezó con la eliminación de los funcionarios judíos en las asociaciones médicas nacionales y las agrupaciones locales.

Los experimentos llevados a cabos por los médicos nazis, no contribuyo hacia algún avance en la ciencia y medicina. Concluida la Segunda Guerra Mundial, muchos de los implicados en este tipo de experimentaciones fueron llevados a juicio ante el Tribunal Internacional de Nüremberg, integrado por soviéticos, ingleses, norteamericanos y franceses.

El proceso se inició el 20 de noviembre de 1945 y se les acusó como criminales de guerra. A raíz del juicio a los médicos nazis en el Tribunal de Nüremberg, se conoció a través de las investigaciones llevadas a cabo, que los experimentos fueron llevados a cabo sin el consentimiento voluntario de los participantes, a los que tampoco se les hizo saber las repercusiones, ni el propósito de las pruebas a las cuales se les sometió. A consecuencia de tales experimentos, muchos de ellos sufrieron incapacidad permanente cuando no la muerte, sin conocer la causa.
Günther Anders fue el primero en relacionar el genocidio judío con el lanzamiento de la bomba atómica. Para este filósofo judeo-alemán, en primer lugar se produjo la destrucción masiva de un pueblo con los medios de la técnica moderna, hecho que se produjo en los campos de concentración nazis y, poco después, el
proceso de exterminio se hizo extensivo a toda la humanidad merced a las armas nucleares.

La persecución racial ha sido el aspecto de la ideología nacionalsocialista que más atención ha recibido, pero no ha sido el único. Los nazis buscaban la creación de una sociedad ideal, acorde con una “visión del mundo” (Weltanschauung) que incluía a todas las profesiones. El caldo de cultivo que legitimó el exterminio “científico” de millones de personas estaba formado por ideas de eugenesia dominantes en la época, un darwinismo mal entendido y numerosos mitos raciales tan disparatados como eficaces a la hora de convencer a las masas.

La aplicación nazi de las ideas de eugenesia supuso una perversión extrema de este movimiento ya existente. Se apropiaron de la eugenesia y la higiene racial como justificación objetiva de sus propósitos políticos, en lo que algún autor ha denominado “biopolítica”. La ley especial del 14 de junio de 1933 “para la prevención de descendencia con enfermedades hereditarias”, fue una de las primeras leyes promovidas por el Gobierno nazi. En total, se calcula que entre 1934 y 1944 alrededor de 400.000 personas fueron esterilizadas sin su consentimiento, con numerosas complicaciones y desgracias por los procedimientos empleados (radiación de genitales, complicaciones quirúrgicas, etc.). Las cifras no fueron mayores gracias a los numerosos médicos que falsificaron los diagnósticos para evitar el sufrimiento de sus pacientes.

El proyecto de “eutanasia” masiva comenzó en 1938 de una forma un tanto confusa, algo muy habitual en el Tercer Reich, donde las palabras de Hitler eran consideradas leyes y las llevaban a cabo un gran número de organismos paralelos que competían entre sí. Sabiendo que el plan sería mal recibido por la población alemana, se decidió mantenerlo en secreto bajo la denominación cifrada de proyecto “Aktion T4”. Aunque los asesinatos de los niños comenzaron antes, el decreto de eutanasia fue firmado por Hitler en octubre de 1939. El proceso de selección y las patologías elegidas para el Proyecto T4 fueron semejantes a las del programa de esterilización, pero en este caso solicitando el secreto de los participantes y con un solo comité evaluador.

Tras la selección del paciente a la familia le eran enviadas tres cartas: la primera notificaba el traslado “por importantes medidas relacionadas con la guerra”. La segunda, tras la llegada del enfermo al centro de exterminio, comunicaba su buen estado y que “en este momento, la defensa del Reich y la escasez de personal debida a la guerra hace imposibles las visitas o respuestas a preguntas de cualquier tipo, aunque la familia recibirá información inmediata de cualquier cambio en la salud del paciente”. Esta carta era firmada, con nombre falso, por el responsable del hospital. Finalmente, la última carta, enviada unos días o semanas después bajo el nombre del inexistente “Departamento de Condolencias“, notificaba el fallecimiento del paciente.

Con el comienzo de la guerra y la creciente necesidad de camas hospitalarias para los soldados heridos en el frente, la mayoría de los enfermos crónicos ingresados en hospitales fueron enviados a la cámara de gas. La mayoría de los asesinatos se llevaron a cabo en seis sanatorios seleccionados: Grafeneck, Brandenburg, Hartheim, Sonnestein, Bernburg y Hadamar, todos ellos dirigidos por neurólogos o psiquiatras.
El “juicio de los médicos” fue el segundo que se celebró en Nüremberg, inmediatamente después del de los grandes criminales de guerra. En el banquillo de acusados estaban las autoridades sanitarias y alguno de los médicos involucrados en experimentación en humanos, pero no las élites académicas y científicas que aprobaron y legitimaron la devaluación de la vida humana.

Un total de 23 personas, entre ellas una mujer y diez miembros de las SS, se sentaron en el banquillo de los acusados. El fiscal Telford Taylor había reunido material sufciente para acusarles de crímenes contra la humanidad. La acusación duró hasta marzo de 1947. El Tribunal no estuvo formado, como en el juicio a los políticos, por jueces de las cuatro potencias vencedoras sino sólo por juristas estadounidenses. La apertura al público alemán se hizo para demostrar la imparcialidad del Tribunal y evitar la sospecha de revancha de los vencedores en una guerra declarada injusta. El juicio a los médicos se considera el origen del pensamiento bioético y su sentencia se cita como “Código de Nürenberg”. Este proceso produjo una literatura considerable y ha servido como ejemplo de análisis ético de la profesión médica y su vertiente investigativa.

Debe separarse este juicio de la eliminación de judíos y otros grupos emprendida por el régimen nacionalsocialista en Europa. Las acusaciones no aludieron directamente a ese asunto, aunque muchos prisioneros de los campos de concentración eran de etnias consideradas inferiores por la ideología nazi. El tema central fue la experimentación en personas que no podían consentir voluntariamente a los estudios y eran vulnerables por ser prisioneros. También se examinó la naturaleza de los experimentos, a veces provocadores de daño irreversible o muerte, y la pertenencia a una organización criminal.

En total, hubo 139 días de procedimiento y la sentencia la dictó el juez Walter B. Beals el 20 de agosto de 1947. Siete acusados fueron condenados a muerte en la horca, otros siete acusados fueron liberados, pese a discrepancias respecto de su inocencia y los demás enjuiciados recibieron penas de prisión. Todos ellos fueron liberados antes de completar sus condenas, pero muchos fueron asediados por agentes judíos o personas que les reconocieron tras años.
Si bien no puede decirse que los condenados fueron rehabilitados, muchos continuaron su carrera médica en la República Federal de Alemania u otros países, en un período de represión amnésica sobre el pasado nacionalsocialista que empezó a disiparse en la década de los años '60.

El proceso de Nürenberg no parece haber sido determinante en modifcar la conciencia de la clase médica en los países vencedores. Por ejemplo, Estados Unidos, ¡reclutó a algunos científicos útiles para sus programas! El ejemplo de Nürenberg no afectó prácticas que luego serían consideradas abusivas en la comunidad científica. El trágico ejemplo de la medicina nazi da una idea de los efectos que la política puede llegar a tener en la práctica, enseñanza e investigación médicas. Recordarlo es una manera de intentar que no se repita.

Los horrores del nazismo no conocían límites, por ello era frecuente que se utilizaran a los prisioneros de los campos de concentración como cobayos para los experimentos en todos los campos de la medicina. El médico más conocido era Mengele, aunque no fue el único que realizara este tipo de práctica, ya que el listado de nombres es inmensamente largo. Estos médicos, que actuaban al servicio de un Gobierno sin escrúpulos, con los propósitos e instintos más bajos de unas mentes enfermas, no dudaron en asesinar a sus victimas con el fin de satisfacer sus ansias de un conocimiento erróneo e irrazonable.

Desde los años '30 hasta finales de la Segunda Guerra Mundial, el papel que desempeñaron los médicos de la Alemania del Tercer Reich, fue de suma importancia para la planificación y el desarrollo del proyecto nazi de eliminación de la persona humana. El primer elemento sobre el que se asentaban era el “quirúrgico”, con el que mataban a un gran numero de personas por medio de un gas altamente venenoso que se le suministraba a las victimas de los campos a través de las duchas o a plena luz del día en furgones herméticamente cerrados.

El segundo fundamento era el asesinato como imperativo terapéutico. Las víctimas eran seleccionadas dentro de los campos y barracones médicos, donde existían dos grupos: primero, aquellos que nada más al llegar se convertían en pasto de la exterminación, y un segundo, aquellos cuya aniquilación debería ser una agonía lenta pero segura, ya que supuestamente no estaban capacitados para realizar el trabajo acorde con los cánones del campo de concentración. En este apartado se incluían a los niños, que por su corta edad suponían una carga económica y logística. Segundo, supervisaron torturas, asesinatos y confirmaron la muerte definitiva de las victimas.

En el tercer caso, murieron directamente a causa de las epidemias mortales en las cámaras de gas donde fueron enviados inmediatamente por el carácter contagioso que presentaba el mal que sufrían.

Los médicos ordenaban, supervisaban y realizaban igualmente ellos mismos los asesinatos a través de inyecciones de fenol o de gasolina. Los barracones de los enfermos (Krankenrevier) eran sumamente inhumanos, encontrándose los cuerpos moribundos amontonados en tablas de madera sobre sus propios excrementos en espera del triste final que les aliviaría de tal circunstancia. Los médicos no interferían para aliviar el sufrimiento; es más, no se utilizaba dentro de los barracones desinfectantes que impedirían la propagación de gérmenes patógenos.

¿Qué tenía Hitler de especial, que fue capaz de convencer a médicos y enfermeras para realizar y participar en tan crueles crímenes? El ministro de Asuntos Eclesiásticos del Tercer Reich, por su parte, aseguraba a un periodista: “Ha surgido una nueva autoridad, en lo que a Cristo y la cristiandad se refiere. Esa autoridad es Adolf Hitler. Hitler es el verdadero Espíritu Santo” (Hatzair, 2002:6).
Cierto es que Hitler no se creía Dios, pero sí un predestinado suyo, que se creía su propia historia. Los médicos nazis dispusieron en los campos de concentración y exterminio de miles de personas privadas de libertad que fueron utilizadas como sujetos de experimentación.

Los experimentos realizados en los campos tenían como rasgos comunes la perversidad y el desprecio de la voluntad de los sujetos. Se realizaron esterilizaciones masivas, exposición a situaciones ambientales extremas (presión, temperatura, rayos ultravioleta, alimentación con agua salada), gases, bombas incendiarias y explosivas, investigándose armas químicas y biológicas.

Se experimentó con medicamentos, sueros, vacunas, inoculación de enfermedades, heridas artificialmente infectadas y métodos acientíficos de cirugía. Aunque Joseph Mengele es conocido por los estudios realizados con enanos y gemelos, también investigó ciertos aspectos de la tuberculosis. En algunos casos se realizaron cirugías innecesarias, y los cadáveres se utilizaron no sólo para estudiar cerebros, esqueletos y cráneos, sino posiblemente también para ilustrar un atlas anatómico.
Existían normas éticas sobre investigación médica con animales y seres humanos pero judíos, gitanos, enfermos y discapacitados no fueron considerados por los nazis ni como animales.

Una parte importante de los médicos alemanes y austríacos colaboraron con el nazismo. De hecho, el 45% de los médicos alemanes pertenecieron al Partido Nazi, un porcentaje mayor que el resto de las profesiones.
En las universidades y en las facultades de medicina austríacas y alemanas, los médicos judíos ocupaban una parte muy importante de su profesorado. En Viena, el 78% del profesorado de la facultad de medicina fueron forzados a abandonar sus puestos ante la complacencia, cuando no la colaboración, del resto de los colegas, que vieron, además, en esta medida una magnífica oportunidad para ocupar sus plazas y recibir sus clientes.

Los judíos que habían ejercido la medicina antes de la subida al poder de Hitler, era de un 16% de los profesionales. El despido de médicos judíos empezó con la eliminación de los funcionarios judíos en las asociaciones médicas nacionales y las agrupaciones locales.

Los experimentos llevados a cabos por los médicos nazis, no contribuyo hacia algún avance en la ciencia y medicina. Concluida la Segunda Guerra Mundial, muchos de los implicados en este tipo de experimentaciones fueron llevados a juicio ante el Tribunal Internacional de Nüremberg, integrado por soviéticos, ingleses, norteamericanos y franceses.

El proceso se inició el 20 de noviembre de 1945 y se les acusó como criminales de guerra. A raíz del juicio a los médicos nazis en el Tribunal de Nüremberg, se conoció a través de las investigaciones llevadas a cabo, que los experimentos fueron llevados a cabo sin el consentimiento voluntario de los participantes, a los que tampoco se les hizo saber las repercusiones, ni el propósito de las pruebas a las cuales se les sometió. A consecuencia de tales experimentos, muchos de ellos sufrieron incapacidad permanente cuando no la muerte, sin conocer la causa.
Günther Anders fue el primero en relacionar el genocidio judío con el lanzamiento de la bomba atómica. Para este filósofo judeo-alemán, en primer lugar se produjo la destrucción masiva de un pueblo con los medios de la técnica moderna, hecho que se produjo en los campos de concentración nazis y, poco después, el
proceso de exterminio se hizo extensivo a toda la humanidad merced a las armas nucleares.

La persecución racial ha sido el aspecto de la ideología nacionalsocialista que más atención ha recibido, pero no ha sido el único. Los nazis buscaban la creación de una sociedad ideal, acorde con una “visión del mundo” (Weltanschauung) que incluía a todas las profesiones. El caldo de cultivo que legitimó el exterminio “científico” de millones de personas estaba formado por ideas de eugenesia dominantes en la época, un darwinismo mal entendido y numerosos mitos raciales tan disparatados como eficaces a la hora de convencer a las masas.

La aplicación nazi de las ideas de eugenesia supuso una perversión extrema de este movimiento ya existente. Se apropiaron de la eugenesia y la higiene racial como justificación objetiva de sus propósitos políticos, en lo que algún autor ha denominado “biopolítica”. La ley especial del 14 de junio de 1933 “para la prevención de descendencia con enfermedades hereditarias”, fue una de las primeras leyes promovidas por el Gobierno nazi. En total, se calcula que entre 1934 y 1944 alrededor de 400.000 personas fueron esterilizadas sin su consentimiento, con numerosas complicaciones y desgracias por los procedimientos empleados (radiación de genitales, complicaciones quirúrgicas, etc.). Las cifras no fueron mayores gracias a los numerosos médicos que falsificaron los diagnósticos para evitar el sufrimiento de sus pacientes.

El proyecto de “eutanasia” masiva comenzó en 1938 de una forma un tanto confusa, algo muy habitual en el Tercer Reich, donde las palabras de Hitler eran consideradas leyes y las llevaban a cabo un gran número de organismos paralelos que competían entre sí. Sabiendo que el plan sería mal recibido por la población alemana, se decidió mantenerlo en secreto bajo la denominación cifrada de proyecto “Aktion T4”. Aunque los asesinatos de los niños comenzaron antes, el decreto de eutanasia fue firmado por Hitler en octubre de 1939. El proceso de selección y las patologías elegidas para el Proyecto T4 fueron semejantes a las del programa de esterilización, pero en este caso solicitando el secreto de los participantes y con un solo comité evaluador.

Tras la selección del paciente a la familia le eran enviadas tres cartas: la primera notificaba el traslado “por importantes medidas relacionadas con la guerra”. La segunda, tras la llegada del enfermo al centro de exterminio, comunicaba su buen estado y que “en este momento, la defensa del Reich y la escasez de personal debida a la guerra hace imposibles las visitas o respuestas a preguntas de cualquier tipo, aunque la familia recibirá información inmediata de cualquier cambio en la salud del paciente”. Esta carta era firmada, con nombre falso, por el responsable del hospital. Finalmente, la última carta, enviada unos días o semanas después bajo el nombre del inexistente “Departamento de Condolencias“, notificaba el fallecimiento del paciente.

Con el comienzo de la guerra y la creciente necesidad de camas hospitalarias para los soldados heridos en el frente, la mayoría de los enfermos crónicos ingresados en hospitales fueron enviados a la cámara de gas. La mayoría de los asesinatos se llevaron a cabo en seis sanatorios seleccionados: Grafeneck, Brandenburg, Hartheim, Sonnestein, Bernburg y Hadamar, todos ellos dirigidos por neurólogos o psiquiatras.
El “juicio de los médicos” fue el segundo que se celebró en Nüremberg, inmediatamente después del de los grandes criminales de guerra. En el banquillo de acusados estaban las autoridades sanitarias y alguno de los médicos involucrados en experimentación en humanos, pero no las élites académicas y científicas que aprobaron y legitimaron la devaluación de la vida humana.

Un total de 23 personas, entre ellas una mujer y diez miembros de las SS, se sentaron en el banquillo de los acusados. El fiscal Telford Taylor había reunido material sufciente para acusarles de crímenes contra la humanidad. La acusación duró hasta marzo de 1947. El Tribunal no estuvo formado, como en el juicio a los políticos, por jueces de las cuatro potencias vencedoras sino sólo por juristas estadounidenses. La apertura al público alemán se hizo para demostrar la imparcialidad del Tribunal y evitar la sospecha de revancha de los vencedores en una guerra declarada injusta. El juicio a los médicos se considera el origen del pensamiento bioético y su sentencia se cita como “Código de Nürenberg”. Este proceso produjo una literatura considerable y ha servido como ejemplo de análisis ético de la profesión médica y su vertiente investigativa.

Debe separarse este juicio de la eliminación de judíos y otros grupos emprendida por el régimen nacionalsocialista en Europa. Las acusaciones no aludieron directamente a ese asunto, aunque muchos prisioneros de los campos de concentración eran de etnias consideradas inferiores por la ideología nazi. El tema central fue la experimentación en personas que no podían consentir voluntariamente a los estudios y eran vulnerables por ser prisioneros. También se examinó la naturaleza de los experimentos, a veces provocadores de daño irreversible o muerte, y la pertenencia a una organización criminal.

En total, hubo 139 días de procedimiento y la sentencia la dictó el juez Walter B. Beals el 20 de agosto de 1947. Siete acusados fueron condenados a muerte en la horca, otros siete acusados fueron liberados, pese a discrepancias respecto de su inocencia y los demás enjuiciados recibieron penas de prisión. Todos ellos fueron liberados antes de completar sus condenas, pero muchos fueron asediados por agentes judíos o personas que les reconocieron tras años.

Si bien no puede decirse que los condenados fueron rehabilitados, muchos continuaron su carrera médica en la República Federal de Alemania u otros países, en un período de represión amnésica sobre el pasado nacionalsocialista que empezó a disiparse en la década de los años '60.

El proceso de Nürenberg no parece haber sido determinante en modifcar la conciencia de la clase médica en los países vencedores. Por ejemplo, Estados Unidos, ¡reclutó a algunos científicos útiles para sus programas! El ejemplo de Nürenberg no afectó prácticas que luego serían consideradas abusivas en la comunidad científica. El trágico ejemplo de la medicina nazi da una idea de los efectos que la política puede llegar a tener en la práctica, enseñanza e investigación médicas. Recordarlo es una manera de intentar que no se repita.

Vía aurora-israel.co.il

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