¨…Dos peligros tiene la idea socialista, como tantas otras:-el de las lecturas extranjerizas, confusas e incompletas, - y el de la soberbia y rabia disimulada de los ambiciosos, que para ir levantándose en el mundo empiezan por fingirse, para tener hombros en que alzarse, frenéticos defensores de los desamparados…¨(Tomo 3, 168). Jose Marti

sábado, julio 30, 2011

Dossier de un carterista habanero


Por Iván García, La Habana

Adrián, 46 años, se considera uno los grandes carteristas de La Habana. Siempre tuvo buenas manos. Al principio todo comenzó como una travesura de niños. Cuando su padrastro estaba pasado de copas, él se entretenía en levantarle la billetera sin que lo notara. A los 15 años, ya era un carterista profesional.

Adrián es muy cotizado en el bajo mundo. Es un mito. Un modelo a seguir por los novatos en el oficio. Más conocido como Mostaza, Adrián tuvo buenos maestros. Aprendió con los mejores carteristas de la ciudad, que vivían en la barriada de Mantilla, en las afueras de la capital.

Salía con una gastada mochila al hombro, que le servía como parabán de las vistas indiscretas y se introducía en colas o aglomeraciones de personas a la hora de abordar los ómnibus. Operaba en pareja con una señora de 60 años, conocida como la Super Abuela.

“Ya está muerta, que Dios la tenga en la gloria. Era una señora negra, con dedos largos que parecían tenazas. Siempre cogíamos maraña (carteras) cuando la gente iba a subir a los camellos (ómnibus remolcados por un camión que ya no circulan). Hicimos muy buenos panes (fechorías)”, cuenta Mostaza una noche calurosa, sentado en el banco de un parque, a tiro de piedra del malecón.

“Un buen día de trabajo solíamos hacer entre 120 o 200 dólares, sin contar el dinero en moneda nacional. Laborábamos a destajo. Después de terminar la faena con la Super Abuela, me iba a alguna discoteca frecuentada por turistas, a cazar un gil (víctima). Terminaba la noche por la puerta ancha", recuerda mientras entrecierra los ojos.

A Mostaza le gusta contar sus hazañas. Su mejor credencial es no haber ido nunca a la cárcel. “Era tan hábil, que incluso robaba relojes de pulsera. Todo era muy fácil, pues en Cuba las colas y los tumultos son habituales. He hecho una pasta hurtando monederos y billeteras”, confiesa.

“Los buenos en esta profesión nos consideramos artistas. Si el punto (víctima) daba berro (sospechaba), le quitaba el pie del acelerador. Nunca forcé la jugada. Si podía lo jamaba (cartereaba) si no, iba a cazar otro gilipollas”.

Se considera un catedrático en la especialidad. Mira las aguas quietas del mar y alardea: “Estaba en el hall de la fama, pregunta en el ambiente, era uno de los mejores, quizás el número uno”.

Según Mostaza, nunca lo cogieron fuera de base ni le formaron un escándalo en la calle. “Los carteristas actuales son unos chapuceros. Para ser bueno en esto hay que ser un artista. No me he retirado todavía, pero de vez en cuando salgo a hacer de las mías. Cuando me ven, los demás choros (carteristas) se echan a un lado y dicen se le subió la mostaza”, y se ríe, dejando ver sus muelas de oro.

La noche avanza. Mostaza se despide. Camina como un gato entre las calles oscuras del Vedado. Una nueva faena le espera.

Vía taniaquintero.blogspot.com

No hay comentarios.: