¨…Dos peligros tiene la idea socialista, como tantas otras:-el de las lecturas extranjerizas, confusas e incompletas, - y el de la soberbia y rabia disimulada de los ambiciosos, que para ir levantándose en el mundo empiezan por fingirse, para tener hombros en que alzarse, frenéticos defensores de los desamparados…¨(Tomo 3, 168). Jose Marti

lunes, mayo 30, 2011

MEMORIAS DEL HORROR


Vista de las celdas en "El Submarino", desde uno de sus pasillos subterráneos.

LA OSCURIDAD… EL TERROR… LA NADA

La especie humana es la alimaña más peligrosa que ha pisado esta tierra. Eso pienso. Y muchas imagino que Dios esté molesto conmigo por pensar tan mal de la criatura que, según dice la Biblia, Él creó a su imagen y semejanza. Pero mientras más camino por este corto sendero que es la vida, más razones tengo para repetirme que el ser humano es el ser más cruel, el más irracional, y el más imperfecto de toda la creación, haya sido hecha por ese Dios en el que creo o por ese gran estallido que, dicen los científicos, dio origen a la vida millones de años atrás.

Y el ser humano cuando alcanza el poder es aún peor. Y cuando tiene que defender una idea que se opone a la idea de algún de su especie, desciende esos escalones que, también dicen los científicos, nos separan de la irracionalidad animal, para convertirse en la más ciega, rabiosa e inhumana de las bestias.

Eso pienso cada día, siempre que bajo los pequeños escalones que me conducen hacia esa aberración que “los dignos defensores del socialismo alemán” llamaban “El Submarino”, en el Museo Memorial Hohenschönhausen, antigua prisión central de la Stasi. Y vienen a mi mente escenas dantescas del horror que escuché alguna vez, en Cuba, en boca de amigos como Manuel Vázquez Portal, Raúl Rivero y Ángel Santiesteban, escritores los tres, encerrados los tres simplemente por pensar que existe una salida distinta para Cuba hacia esa prosperidad y ese país mejor y más digno que llevamos ya más de 50 años esperando sin que se vea ni un atisbo de luz al final del túnel.

Estuve apenas un minuto sentado en una de las celdas de castigo de “los heoricos y humanísimos defensores del socialismo alemán”, y me bastó para salir de allí aterrado sólo de pensar que la gruesa puerta de hierro se cerrara de golpe. Dentro, sólo oscuridad, total oscuridad y un cubo para los excrementos. La oscuridad… el terror… la nada… llegan a ser una misma cosa cuando estás dentro y, como me dijo Manuel Vázquez Portal una tarde del 2005, allá en mi casa de La Habana: “conoces lo que es el verdadero significado de las palabras insignificancia e impotencia”, palabras que, lo confieso, me parecieron simplemente una pequeña descarga filosófica del gran poeta que es mi amigo Vázquez Portal, porque cuando uno padece en carne propia el dolor las palabras de dolor, de sensación de miedo, de horror, son simplemente eso: palabras, aunque vengan cargadas de ese dolor, ese miedo, ese horror.

Lo curioso es que esas palabras de Vázquez Portal; y las otras que me dijo Raúl Rivero: “te acostumbras a la idea de que la cárcel es parte de tu cotidianidad, un espacio que debes visitar como si fueras a un santuario, a expurgar las supuestas culpas que otros lanzan sobre ti”, y las que pronunció Ángel Santiesteban, bajando la cabeza, estremecido: “la impotencia es lo peor, hermano, saber que sólo tienes tu cuerpo, tu propia carne, y ni siquiera puedes decir que eres el dueño de tu carne”… esas palabras, y otras que he escuchado a la periodista Tania Quintero, al traductor Jorge Pomar y a tantos otros amigos, se amalgaman ante mis ojos cada vez que entro a esas celdas, como si el horror fuera un territorio omnipresente, con invisibles hilos como vasos comunicantes. Y todavía más escucho esas palabras, las veo danzar incómodas un baile de guerra contra el pasado y perdón para el futuro, cuando leo en un escrito de uno de esos “aguerridos defensores del socialismo humanista alemán”:

“llevar a cada prisionero al punto más bajo de su autoestima”,

o en un programa de entrenamiento para los psicólogos que interrogaban a los prisioneros:

“para lograr la confesión o la delación es necesario empujar al interrogado hacia la conciencia de que su existencia está supeditada a nuestros deseos”,

o en el informe de un interrogador:

“la inestabilidad psíquica es evidente. Se procede así a desequilibrar a la interrogada con el método recomendado por el médico que atiende su estado de gestación: el compañero X procede a intimidarla con la posibilidad de que el Estado Alemán considere que ella no podrá transmitir una correcta formación ideológica a la niña por nacer, en tanto yo, en mi carácter de interrogador principal, asumo el rol de consejero amistoso que se preocupa porque ella pueda conservar el bebé que, según parte médico que adjunto a este informe, debe nacer en dos semanas”.

Psicólogos que interrogan empujando hacia la indefensión total del ser humano. Médicos que colaboran con los interrogadores para encontrar los “puntos flacos” del interrogado. Instructores que se encargan de que el prisionero no duerma para facilitar la labor de los interrogadores. Dietistas que estudian (y practican en los prisioneros) cómo debilitar al cuerpo humano para destruir hasta la más mínima de las resistencias. Científicos que experimentan en las comidas y las atmósferas cerradas de las celdas para que los prisioneros más rebeldes, catalogados como “no reciclables”, enfermen de cánceres raros que los irán convirtiendo en muertos vivos hasta eliminarlos, sin dejar otro rastro científico del asesinato que no sea la sospecha del crimen.

Eso he visto. Y me aterra saber que ahora mismo, mientras escribo estas letras en la tranquilidad de mi apartamento, en una soleada mañana berlinesa, algún cubano, allá, en alguna celda de Villa Marista estará conociendo lo que es la impotencia mientras afuera otro cubano disfruta sabiéndose dueño del poder de humillar a ese “peligroso enemigo” que ha decidido, simplemente, pensar distinto al resto de la dócil manada.

Vía amirvalle.com

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