¨…Dos peligros tiene la idea socialista, como tantas otras:-el de las lecturas extranjerizas, confusas e incompletas, - y el de la soberbia y rabia disimulada de los ambiciosos, que para ir levantándose en el mundo empiezan por fingirse, para tener hombros en que alzarse, frenéticos defensores de los desamparados…¨(Tomo 3, 168). Jose Marti

viernes, mayo 27, 2011

Este es el secreto de la decadencia argentina


Por Cosme Beccar Varela

"Cuando pones la proa visionaria hacia una estrella y tiendes el ala hacia tal excelsitud inasible, afanoso de perfección y rebelde a la mediocridad, llevas en tí el resorte misterioso de un Ideal. Es ascua sagrada capaz de templarte para grandes acciones. Custódiala, si la dejas apagar no se reenciende jamás. Y si ella muere en tí, quedas inerte, fría bazofia humana" (José Ingenieros, "El hombre mediocre", capítulo I).

Así empieza José Ingenieros su libro "El hombre mediocre". Inteligencia poderosa perdida en el laberinto de sus errores, Ingenieros despreciaba al hombre mediocre. Y con razón. En esta primera frase lo caracteriza por entero al mostrarlo como el apóstata del Ideal. El hombre que abandonó su esencia para ser un deshecho de la humanidad no es más que una "fría bazofia humana".

Comparto ese desprecio por la mediocridad pero no sus fundamentos filosóficos ateos. Y me asombra que Ingenieros no se haya dado cuenta que el Ideal que escribía así con mayúscula, es Dios mismo o alguna manifestación de Dios, porque no hay nada que el hombre pueda abrazar como un Ideal con mayúscula sino se funda en Dios.

De todas maneras, es curioso que un ateo como Ingenieros haya visto lo que la inmensa mayoría de los argentinos de hoy no ven, o sea, que un hombre sin ideales es menos que hombre.

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¿Por qué la Argentina murió aplastada por la argentina peronista? Porque los argentinos abandonaron los ideales y se dejaron apresar por el abrazo tibio y repulsivo de la mediocridad.

Los "argentinos" (así, entre comillas, porque no merecen ser llamados argentinos de verdad) han renunciado a sus tradiciones nacionales, a los modelos heroicos de la hispanidad de la que somos herederos, y han adoptado felonamente los estereotipos del hombre moderno que es mercenario, sensual, relativista, agnóstico, desleal, falso, esclavo vocacional del poder, incapaz de pensar por sí mismo y pronto para adoptar cualquier opinión dominante, aunque sea la mentira más vil.

Todos esos calificativos, sin embargo, deben ser pronunciados con sordina pues ni siquiera podrían serles aplicados con el pleno significado de la palabra ya que el "argentino" es todo eso pero con una nota común: la mediocridad.

Un brillante pensador católico francés, Ernest Hello, autor de un libro clásico, "Fisonomía de Santos" y de innumerables artículos, colaborador de Louis Veuillot, escribió también un texto sobre el hombre mediocre en el que me propongo basarme para caracterizar al "argentino" de hoy ("El hombre", traducción de Miguel Santos Oliver, editado en Barcelona en 1914, pags. 59 a 69).

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"El rasgo característico, absolutamente característico del hombre mediocre, es su deferencia por la opinión pública. No habla jamás, siempre repite." Es incapaz de pensar por sí mismo en asuntos religiosos, filosóficos, políticos o de alguna elevación. En todos esos temas sigue a sus "referentes" con una fidelidad perruna.

No está mal tener maestros y haría bien quien sin abdicar de su inteligencia, siguiera a quienes saben más que él, sin perder nunca su propio criterio. La coincidencia con una verdad reconocida como tal que diga otro, no es mediocridad sino humildad intelectual sin la cual no hay aprendizaje ni posibilidad de pensar.

En este momento estoy siguiendo el pensamiento de Ernest Hello en este ensayo sobre la mediocridad porque reconozco el acierto de sus observaciones. Él dice con claridad y elegancia lo que yo pensaba apenas como en esbozo. Eso no me hace mediocre sino discípulo suyo y a mucha honra.

El mediocre sigue a sus líderes porque son famosos, no porque haya descubierto que dicen la verdad o porque su opinión es inteligente y muy probablemente verdadera. Y aún así, "sus admiraciones son prudentes, sus entusiasmos son oficiales".

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Cuando el mediocre admite una idea aborrece sacar conclusiones, sobre todo si estas pueden llevarlo a tomar decisiones que lo comprometan. Prefiere usar esas ideas como un sombrero que se pone y quita y se cambia según la situación.

Ser coherente le parece una exageración. Por ejemplo, el "argentino" reconoce que los políticos en el poder son descaradamente deshonestos, que se han enriquecido enormemente, que favorecen a sus cómplices y son injustos con todos los demás.

La conclusión lógica es que esa "dirigencia" corresponde a la definición de "tiranía" y que, por lo tanto, es imposible que el país prospere bajo un poder dedicado a servirse a sí mismo y no al bien común. De esa primera conclusión se siguen otras con igual rigor lógico entre las cuales está la evidente necesidad de acabar con tal poder aunque eso implique riesgos y sacrificios.

El mediocre "argentino" no sacará jamás esa conclusión. A lo sumo apoyará a alguno de los integrantes de la misma "dirigencia", tan deshonesto como los que hoy mandan, con la excusa de que es "el mal menor".

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El mediocre lee poco pero si lee, sólo lee "best sellers", o sea, aquellos libros que los mercaderes editoriales, asociados con la prensa, han resuelto que son los que "hay que leer". Esos libros son una "cocktail" de inmoralidad, estupidez y malas ideas.

Muchos "argentinos" van a misa. En ese caso, piensan como el sacerdote de su devoción les dice que piensen, sin importarles si eso es conforme con la doctrina católica y menos aún si eso es toda la doctrina católica que debería recordarse en ese momento. Si hubieran nacido en tiempos de Lutero, como éste era un monje agustino que hablaba muy bien, se hubieran hecho protestantes.

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El mediocre odia el entusiasmo. El entusiasta le parece un exaltado y le hace el vacío para que el fuego de esa alma se apague. Prefiere el que dice algo y también lo contrario sin importarle la contradicción, y se solaza con los tonos moderados y los matices descoloridos. A eso le llama serenidad, calma, afabilidad.

Si debe elegir a alguien para algún trabajo lo primero que observará es si el candidato es "conflictivo", condición execranda para el mediocre que odia los conflictos, aunque sean inevitables reacciones frente a la injusticia.

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No hay que confundir jamás "mediocridad" con "humildad". La humildad es la verdad, es la firme conciencia del propio ser sin creerse ni más ni menos de lo que es. La mediocridad es la costumbre arraigada de volar siempre bajo, como las gallinas, aunque eso implique aplastar dentro de sí mismo cualquier verdad que por acaso no hubiera tenido más remedio que reconocer y cualquier conato de grandeza que hubiera sentido por algún ímpetu heredado de una buena estirpe.

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"El hombre humilde desprecia todas las mentiras, aunque las glorificase el mundo entero y se pone de rodillas ante la verdad", aún a riesgo de que lo descalifiquen acusándolo de creerse "dueño de la vedad".

"El hombre mediocre parece habitualmente modesto pero no puede ser humilde porque dejaría de ser mediocre" y eso para él sería un crimen de lesa comodidad.

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"El hombre mediocre es el enemigo más frío y más feroz del hombre de genio", aunque sea un genio modesto. Y como los mediocres son mayoría (son una inmensa mayoría), el pobre desgraciado que no lo es porque atesora su grande o pequeña chispa de genio como una estrella irrenunciable, perece bajo la masa de los mediocres. Difícilmente encontrará trabajo porque temerán que tenga éxito, y más difícil aún será para él aspirar a tener alguna autoridad política porque los mediocres temerán horriblemente que gobierne bien y haga Justicia. Prefieren seguir bajo la pata de los tiranos antes que confiar el poder a un humilde hombre de bien que ama la Verdad.

La enemistad del mediocre es incansable y pertinaz. No para hasta la destrucción del otro. Es fría, porque no se basa en rencores apasionados. Es un odio calculado dispuesto a todas las calumnias y a todas las zancadillas.

"El hombre mediocre es mucho peor de lo que él cree y de lo que los demás creen, porque su frialdad encubre su malignidad. Nunca se enfurece. En el fondo quisiera anonadar a los hombres superiores; no siéndole esto posible, se venga de ellos mortificándolos. Comete infamias pequeñas, que de puro pequeñas parecen no ser infamias. Pica con alfileres y se regocija cuando ve manar sangre..."

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La fama es para los mediocres, porque la otorgan la masa de ellos mismos. "El procedimiento del éxito es irse con los demás; el procedimiento de la gloria es andar contra los demás...Aquellos que lisonjean los prejuicios, las costumbres de sus contemporáneos, andan impelidos, y van hacia el éxito: estos son los hombres de su época."

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Para terminar debe decirse que el mediocre es visceralmente ateo, aunque no lo sepa, porque ha renunciado a ser la "imagen y semejanza" de Dios Creador. Dios es lo contrario de la mediocridad. Es inconmensurable, eterno, es la Belleza misma, la perfección, el Ideal y el Ser por esencia, no hay en Él engaño alguno, es magnánimamente entusiasta en todas sus obras: cuando crea el mundo, lo crea sobrando por todas partes, con distancias desmesuradas de una estrella a la otra y cuando rescata al hombre de su pecado lo hace encarnándose Él mismo en las entrañas de una Virgen para morir en la Cruz derramando toda su sangre cuando una sola gota hubiera bastado para redimirnos.

Roguemos a Dios, por medio de la Virgen de Luján, Patrona de la Argentina, que nos rescate de nuestra mediocridad y nos haga hombres de verdad, a Su imagen y semejanza. Sin eso, los mediocres más perversos (que son siempre los más exitosos) seguirán conduciéndonos hacia el abismo.

Vía lanuevanacion.com

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