¨…Dos peligros tiene la idea socialista, como tantas otras:-el de las lecturas extranjerizas, confusas e incompletas, - y el de la soberbia y rabia disimulada de los ambiciosos, que para ir levantándose en el mundo empiezan por fingirse, para tener hombros en que alzarse, frenéticos defensores de los desamparados…¨(Tomo 3, 168). Jose Marti

jueves, mayo 05, 2011

El diablo no muere de muerte natural


Dr. Charles Krauthammer

Dos meses y un día antes del 11 de septiembre del 2001, el experto en terrorismo Larry C. Johnson escribió un artículo para el New York Times bajo el título de “La Decreciente Amenaza del Terrorismo” en el cual lamentaba el hecho de que los “norteamericanos estuvieran tan agobiados por fantasías sobre el terrorismo”. El autor agregaba que la realidad era muy diferente porque “la década que comenzó en el 2000 traería consigo una tendencia a la reducción del terrorismo letal”. Todos sabemos como terminó ese vaticinio dos meses después.

Diez años más tarde, Osama Bin Laden está muerto y el viejo coro de la indiferencia previa al 9/11 ha regresado de nuevo. La guerra contra el terrorismo ha terminado dicen algunos. Es más, según Peter Beinart, todo parece indicar que Bin Laden fue sólo “una distracción y la guerra contra el terrorismo fue un error desde el principio”. Por su parte, Ross Douthat, argumenta que el 9/11 fue “un caso aislado y Bin Laden fue siempre el caballo mas flojo”.

El tema predominante después de Bin Laden es que la guerra de diez años contra el terrorismo no fue otra cosa que una reacción desproporcionada. Para ello se basan en que la misma acción para dar muerte a Bin Laden pareció una operación policial del tipo que propuso John Kerry en su campa presidencial del 2004 como la más indicada para enfrentar el terrorismo.




Pero los hechos han demostrado todo lo contrario. La operación contra Bin Laden es la perfecta justificación de la guerra contra el terrorismo. Fue un éxito precisamente por la vasta infraestructura militar creada por el gobierno del Presidente Bush después del 9/11, un régimen agresivo de captura e interrogatorios, de bombardeos y de ataques comando. También se pusieron en marcha formas tradicionales de hacer la guerra que derrotaron a los talibanes, pusieron en fuga a al-Qaeda y convirtieron a Bin Laden en un fugitivo.

Sin todo lo anterior, jamás habría sido posible la operación contra Bin Laden. Por ejemplo, ¿de donde vino la información que nos condujo a Abbottabad? De muchos lugares tales como prisiones secretas en Rumania y Polonia; de terroristas capturados, secuestrados y después sometidos a rigurosos interrogatorios, de los detenidos en Guantánamo; de un gigantesco aparato burocrático de vigilancia y escucha. En otras palabras, de una guerra global contra la infraestructura del terror que muchos críticos, incluyendo a Barack Obama, lamentaron como una trágica violación de la moral norteamericana. Y los críticos actuales agregan que fue no sólo “antiamericana sino innecesaria”.

¡No me digan! Jamás habría sido posible llevar a cabo la acción contra Bin Laden sin la masiva presencia militar norteamericana en Afganistán. Los helicópteros despegaron de la gigantesca base de Bagram. La escala se hizo en Jalalabad. La recopilación de información por aviones no tripulados fue posible gracias a nuestros acuerdos con Pakistán para facilitar la lucha en Afganistán.

Hasta la guerra en Irak desempeñó un papel inesperado. Después de su fuga de Afganistán al Qaeda escogió a Irak como campo de batalla para enfrentarse a los Estados Unidos. Pero allí sufrió otra derrota que se hizo más humillante aún cuando sus hermanos árabes de la secta Suni se unieron a los infieles norteamericanos en la batalla para derrotarlos.

Bin Laden nos declaró la guerra en 1998, pero no lo tomamos en serio hasta el 11 de septiembre del 2001. En ese momento formulamos nuestra propia declaración de guerra, con la respuesta constante, brutal y feroz que exige la guerra y que prohíbe la acción policial.

Incluyendo la ejecución de Bin Laden. Porque es obvio que en ningún momento hubo intención de capturarlo vivo. Y por una buena razón. Capturarlo vivo habría sido una locura porque le habríamos dado la oportunidad de hacer propaganda a su evangelio de odio en un escenario mundial.

Fuimos a matarlo porque eso es lo que se hace en la guerra. Y si haces eso en una acción policial te conviertes en reo de asesinato. El marino de las fuerzas especiales que apretó el gatillo estaría enfrentando cargos criminales en vez de recibir medallas.

Si alguien quiere decir que hemos ganado la guerra está bien. Esto sería una cuestión a discutir. Después de todo, la guerra contra el terrorismo terminará algún día y regresaremos a la persecución de terroristas comunes y desequilibrados. Sin embargo, yo digo que aunque la muerte de Bin Laden constituye un gran éxito en nuestra guerra contra los terroristas islámicos es muy pronto para que cantemos victoria.

Porque, esta bien que discrepemos sobre si esta guerra ha terminado o no. Lo que no es correcto es que digamos que este día de felicidad—en el cual hemos llegado incluso a debatir si hemos alcanzado o no la victoria—nada tiene que ver con la guerra contra el terrorismo que libramos durante la década anterior. Al Qaeda no esta en proceso de desaparición por si misma. No esta abandonando el campo de batalla reconociendo los errores que ha cometido. No esta dejando de existir a causa de inexorables leyes de la historia o de la naturaleza. Está en retirada a causa de las derrotas sufridas como consecuencia de la decisión de los Estados Unidos de combatirla en una campaña que todos conocemos como la Guerra contra el Terrorismo.

Vía lanuevanacion.com

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