¨…Dos peligros tiene la idea socialista, como tantas otras:-el de las lecturas extranjerizas, confusas e incompletas, - y el de la soberbia y rabia disimulada de los ambiciosos, que para ir levantándose en el mundo empiezan por fingirse, para tener hombros en que alzarse, frenéticos defensores de los desamparados…¨(Tomo 3, 168). Jose Marti

domingo, abril 24, 2011

Viviendo la Semana Santa


Por Mons. Agustín A. Román,

Los que vivimos en este continente americano, tanto en el norte, centro o sur, podemos ver que la Semana Santa es celebrada desde Canadá hasta la Tierra del Fuego. Esto es el resultado del trabajo misionero con que, desde hace cinco siglos, ha venido sembrando la Iglesia el Evangelio en medio de grandes esfuerzos y dificultades. No todos la viven a plenitud, pero sí la mayor parte, que está consciente de que los cristianos celebran la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo, Nuestro Señor, a la cual llegamos en La Semana Santa, que corona el tiempo de preparación llamado Cuaresma.

Esta semana es también llamada Semana Mayor, por celebrar en ella los grandes misterios de nuestra redención. Estos últimos días encierran un gran número de celebraciones que preparan al cristiano a la renovación del bautismo, por el cual se compromete a vivir la verdadera vida cristiana en la cual Dios sea amado como a nuestro Padre común, y el prójimo tratado como nuestro hermano.

La Semana Santa debe despertarnos y hacernos crecer en la fe, esperanza y caridad. Ha comenzado con el Domingo de Ramos, en que proclamamos a Cristo como nuestro Rey y Señor, y contemplamos su gran amor dando la vida por todos en la Cruz. Termina con la Resurrección o triunfo del Señor, verdad fundamental de nuestra fe.

Es importante echar una mirada hacia atrás, recorriendo los dos mil años de historia, y recordar que los tres primeros siglos del cristianismo fueron de persecución violenta por parte del Imperio Romano, cuando los cristianos se reducían a la celebración de la Pascua – la Muerte y Resurrección del Señor – en el silencio. Al convertirse al cristianismo el Emperador Constantino en el siglo IV, y acompañado por su madre, Santa Elena, comenzaron a cambiar las cosas. Se empezaron a construir los templos en Tierra Santa y en la misma las celebraciones litúrgicas, recordando los lugares en que el Señor Jesús vivió. Aumentaban las visitas a estos santos lugares con las peregrinaciones de cristianos, que después llevaban a las ciudades de donde venían esta rica experiencia.

Así, la liturgia comenzaba a desarrollarse progresivamente hasta hoy. La Semana Santa, como hemos dicho, comienza el Domingo de Ramos en que se lee la Pasión. Continúa el lunes, martes y miércoles con la lectura del Evangelio, recordándonos la ingratitud humana representada por la traición de Judas: el primer día con la visita del Señor a Betania, en que Judas se queja de que se honre al Señor derramando sobre sus pies el perfume, según Judas, tan costoso; el martes preparando la traición con los jefes del pueblo; y después con la realización de la traición.

En los días jueves, viernes y sábado se nos presenta la respuesta de amor de Dios: instituye la Eucaristía, en que se quedará escondido, pero presente para siempre entre nosotros; el sacerdocio, por el cual nos pasará su gracia a todos los que se acerquen; morirá como prueba de amor y permanecerá en la tumba, invitándonos a acompañarlo en el silencio y oración hasta el gran día de la Resurrección que se actualizará cada domingo del año.

En este día, al renovar nuestras promesas bautismales de apartarnos de Satanás y abrazarnos con el Señor, nuestro Dios, debe producirse en nosotros el gran cambio, convirtiéndonos en sal de la tierra y luz del mundo, como nos dice el himno de la Liturgia de las Horas:

Vosotros sois luz del mundo

y ardiente sal de la tierra,

ciudad esbelta en el monte,

fermento en la masa nueva.

                                                                                Amén.

Vía diariolasamericas.com

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