¨…Dos peligros tiene la idea socialista, como tantas otras:-el de las lecturas extranjerizas, confusas e incompletas, - y el de la soberbia y rabia disimulada de los ambiciosos, que para ir levantándose en el mundo empiezan por fingirse, para tener hombros en que alzarse, frenéticos defensores de los desamparados…¨(Tomo 3, 168). Jose Marti

domingo, abril 17, 2011

Cincuenta años atrás, en una mañana de abril

Una de mil historias!

Diario Las Americas
Publicado el 04-16-2011

Por Anolan Ponce, Directora de M.A.R. Por Cuba

Las lluvias habían comenzado algo temprano en Cuba ese año y los campos nunca me habían lucido tan verdes como en aquella inolvidable mañana del 17 de Abril de 1961, cuando mi madre, mi hermano y yo viajábamos a nuestra casa de La Habana en una camioneta conducida por mi tío político, Eduardo, desde la finca familiar, La Simpatía, entre Artemisa y Las Cañas en la antigua provincia de Pinar del Río.

Mi padre se había marchado al exilio en los Estados Unidos hacía seis meses y gestionaba en Miami nuestra salida de Cuba. Desde su partida, Eduardo pasaba a recogernos los viernes por la tarde para que pasáramos el fin de semana con él y tía Juana, su esposa y hermana mayor de mi padre, en La Simpatía, que antes fuera finca de recreo y ahora por conveniencia albergaba una granja. Los lunes en la mañana cuando llevaba su producción de huevos al INRA, nos dejaba de nuevo en nuestra casa en La Habana.

El viaje era algo que yo disfrutaba muchísimo, pues me gustaba contemplar por la ventanilla abierta, mientras la fresca brisa de la mañana me azotaba el rostro, la bella campiña cubana que pasaba ante mi como un torbellino, arrojando ante mis ojos un hermoso paisaje de palmas reales y verdes sembrados resplandecientes sobre la tierra colorada. Pero también lo disfrutaba, porque Eduardo, que había sido político en los tiempos anteriores a Fidel Castro, nunca dejaba de darnos una buena charla sobre los problemas mundiales y especialmente el de Cuba, siempre terminando con la muy optimista frase: “Un país comunista no puede existir a solo 90 millas de los Estados Unidos.”

Habíamos pasado ya Guanajay, cuando paramos en casa de un antiguo amigo de Eduardo que vivía retirado en una finca junto a la carretera. Estábamos acostumbrados a eso. Eduardo entraba en la casa y salía con su viejo amigo, un señor canoso y muy educado, que siempre nos invitaba a bajarnos y tomar café.

Hoy, sin embargo, fue diferente. Eduardo se demoró en salir y cuando lo hizo hacía piruetas en el aire y pretendía tocar una trompeta. Al fin habló sorprendiéndonos con las noticias. Cuba había sido invadida esa mañana en Playa Girón por una fuerza de exiliados. ¡La tan esperada invasión había llegado!

Rebosantes de alegría emprendimos de nuevo el viaje. Pero Eduardo quería que volviésemos a la finca y mi madre insistía que abandonar la casa de La Habana en estas circunstancias sería sospechoso. El no la pudo convencer y nos quedamos, pero esa misma tarde mi madre comprendió que fue un error. El gobierno estaba conduciendo una encarcelación en masa de todo el que consideraran enemigo, y ella temía por mi hermano. Durante el día, tratamos de esconderlo en un gran cesto de mimbre que había pertenecido a mi abuela; pero con 15 años medía 6 pies de alto y aunque mucho tratamos, la cabeza siempre se le quedaba afuera.

No podíamos hacer otra cosa que esperar, y eso hicimos la noche del 17 de Abril, una noche larga, de espera, de ruidos y silencios, como la noche Bíblica que señala la liberación de los hijos de Israel del cautiverio, habiendo Dios declarado la última plaga sobre Egipto. Sin embargo, amaneció, y mi hermano estaba aún con nosotros. Quizás el Ángel de la Muerte nunca vino, porque como en el pasaje Bíblico, había sangre de cordero en nuestra puerta.

Así vivimos cuatro días incapaces de comunicarnos con nuestra familia y de encontrar un carro de alquiler que nos llevara para la finca. El viernes por la mañana todo terminó, pero las noticias fueron abrumadoras. Lo que creíamos imposible había sucedido. ¡La invasión había fracasado!

Días terribles se sucedieron en que tuvimos que contemplar a los comunistas celebrar su victoria en todas partes. ¡No había manera de escapar aquella horrible pesadilla! Unas entrevistas que todas las noches hacían a los prisioneros por televisión eran el colofón al triunfo logrado; y para ello, el Palacio de los Deportes de La Habana se convirtió en el coliseo romano. Solo que las fieras eran humanos, y las víctimas valientes soldados maltrechos por la derrota y menguados por la traición del país que consideraron amigo.

Por orgullo y patriotismo, mi madre nos prohibió mirar este espectáculo. Pero una noche, sin embargo, ella y mi hermano visitaban a un vecino y la curiosidad hizo presa de mi. Fidel Castro apareció en la pantalla jocoso y sonriente, haciendo chistes al panel de periodistas, visiblemente jubiloso de su victoria. Después se puso serio y con su habitual histrionismo anunció que sería la última noche de entrevistas, y todos los prisioneros aparecerían en televisión. Entonces comenzó aquello.

Uno por uno los hombres se paraban, decían su nombre y lugar de nacimiento y se sentaban de nuevo para ser seguidos por otro y otro en un desfile que parecía no tener fin. Yo los miraba en silencio, con tristeza y desconsuelo. Estos hombres habían sido nuestra última esperanza de una Cuba libre. ¿Qué les esperaba a ellos? ¿Qué nos esperaba a nosotros?

Sentí admiración y sentí orgullo. Hombres simples, jóvenes y viejos, que habían tenido el coraje de luchar por aquello en que creían, ¡que habían arriesgado sus vidas por ganar mi libertad!

Uno a uno pasaban ante mis ojos…

¡De pronto, el corazón me dio un vuelco como si se me fuera a salir del pecho! Un escalofrío de horror me recorrió el cuerpo y mis manos se aferraron al sillón como si fueran garras.

--Manuel Ponce Martínez, de Cañas, Pinar del Río.

Un grito de dolor se escapó de lo más profundo de mi ser y rompió el silencio de la noche.

--¡Papyyy!

¡El hombre que acababa de decir su nombre no era otro que mi propio padre!

Me sentí flotar en el espacio mientras todo a mi alrededor daba vueltas envuelto en una neblina. Vi estrellas y puntos, pequeños puntos negros que danzaban ante mis ojos. Después, todo se fue esclareciendo. Estaba en la sala de mi casa pero otro hombre, un desconocido para mi, aparecía en la pantalla ahora. ¿Había visto a mi padre o era acaso una alucinación? Intentaba moverme pero no podía, mis manos estaban crispadas en los brazos del sillón. Entonces sentí la reja del jardín abrirse y escuche las voces de mi madre y hermano que regresaban. Fue como si un latigazo me fustigara; de un salto me puse en pié, apagué el televisor y corrí a mi cuarto acostándome en mi cama.

¡No les dije nada! Y esa noche durmieron en paz ignorando la gran tragedia que se había cernido sobre nuestras vidas.

A la mañana siguiente, me senté en los escalones del portal y vi la camioneta de mi tío Eduardo acercarse. ¡Yo sabía a que venía! Allá en la finca, la terrible noticia le fue dada a mi hermano y a mi madre. Mima se desplomó como una flor marchita; pero allí estaban el cura y el médico, mis primas y mis tías para darle ánimo. Yo salí de la casa y eche a correr por un tramo de tierra recién arada que me separaba de los cimientos de la antigua casa donde crecieron mi padre y sus hermanos. Quería llegar hasta allí y descansar mi dolor bajo el árbol donde mi abuelo se destrozó el pecho de un disparo de escopeta una noche de San Marcos en 1926. Al fin llegué y desahogue el tormento acumulado desde la noche anterior. Y entre sollozos y suspiros rogué a Dios que no perdiera yo a mi padre como él había perdido al suyo.

Sentí un brazo protector alrededor de mis hombros. Era mi hermano. Desde pequeños, siempre me ha protegido. Me ha llevado de la mano. Ahora me dice emocionado: “No los van a fusilar mi hermana, los americanos mandarán otra invasión”.

No la mandaron. Pero casi dos años después pagaron 64 millones de dólares en medicinas y alimentos para rescatar a los prisioneros. Un mal pagado con un bien.

Cincuenta años han pasado desde aquel hermoso amanecer en que 1,200 hombres, uno de ellos mi padre, se lanzaron en suelo cubano y lucharon hasta la última bala para liberar a nuestra Patria. ¡Cincuenta años! Un largo tiempo… Tanto, que exceptuándome a mi, todos los protagonistas de este relato han muerto en suelo extranjero. Pero no mi tío Eduardo. El nunca quiso abandonar su patria; y a los 87 años, la diabetes que padecía provocó que le amputaran una pierna. Murió de complicaciones unos días después, hace más de veinte años.

Yo me pregunto si antes de emprender el viaje eterno se dio cuenta que se equivocó. Un país comunista sí existe a 90 millas de los Estados Unidos y solo Dios sabe hasta cuando.

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