¨…Dos peligros tiene la idea socialista, como tantas otras:-el de las lecturas extranjerizas, confusas e incompletas, - y el de la soberbia y rabia disimulada de los ambiciosos, que para ir levantándose en el mundo empiezan por fingirse, para tener hombros en que alzarse, frenéticos defensores de los desamparados…¨(Tomo 3, 168). Jose Marti

domingo, noviembre 14, 2010

Informatica, cohetes y elecciones


Universidad de Ciencias Informáticas, La Habana

Un fragmento del recién publicado Villa Marista en plata. Arte, política, nuevas tecnologías del escritor cubano Antonio Jose Ponte.

La UCI es, según la Wikipedia en su edición en español, la Unión Ciclista Internacional, asociación de federaciones nacionales de ciclismo fundada en París en 1900 con sede actual en Ginebra.

Es, dentro de cualquier hospital, la unidad de cuidados intensivos, sección para pacientes en estado crítico.

Es la Unión de Cortes Islámicas o Unión de Tribunales Islámicos, llamada en somalí Midowga Maxkamadaha Islaamiga, un grupo de tribunales congregados como oposición política en Somalia, con regiones bajo su control que pierden y que ganan.

Es también la Universal Chess Interface y la Unión de Créditos Inmobiliarios S.A., entidad financiera del Grupo Santander.

Y es la Universidad de las Ciencias Informáticas de La Habana, fundada en el año 2002. La primera universidad cubana creada bajo los planes de la Batalla de Ideas, tal como dice su portal en internet, con el objetivo de informatizar el país y desarrollar la industria del software. Construida en 106 días, situada a 15 kilómetros de autopista de La Habana, extendida en 72 hectáreas, con 80 edificios de cuatro o cinco plantas, y acceso imposible a quien no sea estudiante o no cuente con la correspondiente autorización. Alrededor de 10.000 estudiantes venidos de todos los municipios del país forman la matrícula de este proyecto del Comandante en Jefe.

La Universidad de las Ciencias Informáticas es un regalo compensatorio que se hizo el propio Fidel Castro luego de haber perdido la base de radares soviéticos emplazada en ese mismo lugar desde 1964. Según avisan Wikipedia y el portal de la universidad, su fundación prolonga la tradición revolucionaria de abrir centros de estudios en antiguos sitios militares.

La sublimación de espacios incluía el encubrimiento de ignominias del propio régimen revolucionario. Como toda dictadura longeva, la cubana no dejaba de renovar sus topografías. Escondía y museificaba. Y en los terrenos donde antes se encontrara la Base Lourdes produjo otro episodio de volatilización de la memoria. Sublimar, volatizar: transformar las sólidas aristas de la realidad en gas.

Luego de los atentados terroristas a las Torres Gemelas, el gobierno ruso decidió desmontar el parque de radares instalado en las cercanías de La Habana. Tan inconsultamente como había sido la retirada de misiles soviéticos en 1962. Entendiéndose a solas con Washington, dejando fuera de las negociaciones a Fidel Castro. Este podría quejarse de no haber sido tomado en cuenta ahora tampoco, cuando ya no existía Unión Soviética. La historia mayúscula, la que él había pretendido con campañas africanas e infiltraciones en tantas políticas ajenas, volvía a serle esquiva. Y, si la rima hubiese sido posible, la cólera de todo un pueblo habría reclamado esos radares igual que hiciera con Jrushchov ante la retirada de los misiles.

“¡Nikita, mariquita, lo que se da no se quita!”

El Centro de Exploración y Escucha Radiolectrónicas construido por los soviéticos había constituido una decisiva variación en la batalla contra Estados Unidos. El parque de radares permitió al gobierno cubano olvidar un poco la decepción que significaran los misiles. Estableció, además, una réplica a la base naval estadounidense de Guantánamo. Lourdes servía de contrapeso a Gitmo, garantizaba el equilibrio de la isla. No era entonces sólo ferretería pesada lo que recogían de allí los rusos al marcharse, sino los remanentes de una historia complicada. Y aquel desmantelamiento avivaba en Fidel Castro viejas impotencias, tal como se transparentó en varias de sus intervenciones televisivas.

Para olvidar un fracaso montado sobre otros fracaso, ¿qué mejor empeño que levantar un campus cuanto antes? Si los misiles de San Cristóbal alguna vez se convirtieron en los radares de Lourdes, que la desaparición de éstos diera paso a una universidad dedicada, entre otras cosas, al espionaje cibernético.

Antes de que llegaran los soviéticos, antes del gobierno revolucionario, el sitio había sido un reformatorio de menores. El Campamento de Orientación Infantil de Torrens, inaugurado en 1942, recluyó a niños y adolescentes problemáticos. Bajo el pretexto de enseñarles un oficio, los obligaba a trabajos agrícolas y la cría de animales de corral. Y luego, en los primeros tiempos revolucionarios, aquel campamento pudo convertirse en un centro de rehabilitación de menores. De manera que el sitio no estaba exento de fueros pedagógicos.

Se trataba de continuar por otra vía las mismas actividades que realizaban allí los radares soviéticos y rusos: entrometerse en las señales extranjeras y sacar lecciones de ellas. Era imprescindible propiciar la investigación, formar profesionales prestos a participar en la guerra cibernética. Estudiantes y profesores y egresados de la Universidad de las Ciencias Informáticas perfeccionarían el bloqueo sobre la información, refinarían los sistemas de filtrado. Formarían allí a una nueva clase de guardafronteras.

Todavía sin concluir la retirada de los militares rusos, sin haberse completado la retirada de la logística, comenzó el curso inaugural. Tres meses y medio bastaron para garantizar un habilitamiento suficiente. Fueron remodelados los edificios de la base de radioescucha, se construyeron nuevos edificios. Diversos escultores y pintores recibieron encargos de piezas para esquinas y plazas. En enero de 2008 llegó a ser dispuesta en la plaza principal del campus una escultura de Óscar Niemeyer, regalo del arquitecto brasileño a Fidel Castro.

Alarcón en la UCI

El sábado 19 de enero de 2008, un día antes de las elecciones de delegados a las asambleas provinciales y diputados a la Asamblea Nacional del Poder Popular, Ricardo Alarcón visitó la Universidad de las Ciencias Informáticas. Se reunió allí con profesores y representantes de la decena de miles de estudiantes del centro.

El diario Granma había publicado un “Llamamiento al pueblo de Cuba” que pedía el voto unido.

“Y eso es lo que se le sugiere, lo que se recomienda a un pueblo que dispone de un privilegio: que puede votar fácilmente si así lo desea”, propuso Alarcón en su comparecencia ante profesores y estudiantes de la Universidad de las Ciencias Informáticas.

Todos eran votantes. Aproximadamente 2.200 estudiantes ejercerían por primera vez su voto. Ricardo Alarcón se extendió en las virtudes del sistema electoral. Avisó de que no quería atosigarlos, sino persuadirlos de la necesidad del voto unido. Por supuesto, dejaba esta decisión a la conciencia de cada uno.

Agotada su intervención, creyó deberles alguna que otra respuesta o aclaración. Así que ya podían preguntarle.

Seguramente él no esperaba de los asistentes, en su mayoría militantes de la Unión de Jóvenes Comunistas, objeciones tan fuertes al sistema electoral. Debieron sorprenderlo mucho aquellas objeciones. Porque no se trataba de inconformidad por el voto unido que les reclamara, sino de un estado de malestar por el procedimiento acostumbrado. Por lo poco representativos que eran delegados y diputados dentro de ese procedimiento. Por la ausencia de un mecanismo efectivo de rendición de cuentas.

El primero en pedir turno de palabra fue un estudiante de segundo año, Rolando Pérez Rebollo, que quiso saber dónde estaba el límite entre el atosigamiento y la persuasión.

Planteó un dilema electoral.

“¿Y qué sucede cuando tú estás con tu conciencia ahí, a la hora de votar, y el hombre que te hizo ser revolucionario a ti, que te dio esa ideología, que es Fidel Castro para todos nosotros, te está aconsejando que des el voto unido y tu conciencia te dicta hacer otra cosa?”

Pérez Rebollo se atrevió a hacer una comparación con las recientes elecciones venezolanas sobre la reforma constitucional. Él había discutido el tema en muchos foros, y en ellos encontró a seguidores de Hugo Chávez que votaban en contra de la reforma constitucional, en contra de la propuesta chavista, porque así se lo dictaban sus conciencias.

Un joven profesor, Abel Meneses Abad, se refirió a la falta de argumentos con que a veces contaban en las discusiones con usuarios de otros países. Explicó en que consistía la Operación Verdad, un equipo de treinta estudiantes en cada facultad, trescientos compañeros en total, dedicados al proselitismo revolucionario en los foros cibernéticos. La idea original para la creación de este equipo había sido del ministro de Cultura Abel Prieto, en una reunión con dirigentes de la Unión de Jóvenes Comunistas de la Universidad de las Ciencias Informáticas.

Los trescientos integrantes de la Operación Verdad se encargaban de convencer a cibernautas de otras latitudes. Obraban contra la leyenda negra del régimen revolucionario cubana, buscaban imponer la verdad oficial sobre Cuba. Tenían la tenacidad de los verdaderos comunistas, la insistencia de los predicadores que van de puerta en puerta. Pero, así y todo, les faltaba maquinaria sofística. Muchas veces se encontraban faltos de argumentos en medio de la pelea, descubrían su desconocimiento del punto de vista oficial. Meneses Abad mencionó la falta de documentos sobre legalidad socialista.

Alejandro Hernández, estudiante de primer año, narró su impresión ante las biografías de los candidatos expuestas a la entrada del comedor de la universidad.

“Veía las fotos y las biografías de todos los delegados y diputados, y decía: ¿quiénes son? Yo no sé quiénes son. Simplemente estoy leyendo la autobiografía, simplemente estoy leyendo la biografía, los posibles méritos que tiene ese ciudadano, pero que nunca lo he visto, que nunca ha visitado la UCI… Ese ciudadano que yo no sé quién es, de dónde salió.”

Eran los candidatos por los que tendrían que decidirse al día siguiente. Los que se beneficiarían del voto unido.

“Ah, el voto unido”, lamentó Alejandro Hernández. “¿Cómo voy a ir a votar por cada uno de ellos si yo no sé quién es. En la libertad hay ladrones, como expresara José Martí. En la libertad hay personas que no son totalmente concientes, que no son totalmente revolucionarias”.

“Déjeme presentarme”, dijo un tercer estudiante. “Eliécer Ávila, facultad número dos, líder del Proyecto de Vigilancia Tecnológica y Política que es una de las, digamos, especialidades de Operación Verdad, que en este caso se dedica al monitoreo constante de internet y a misión de reporte y combate como tal en esta área”.

Estudiaba cuarto año de Ingeniería Informática. Un mulato hijo de agricultores, nacido en el batey Yarey de Vázquez, en Puerto Padre, al oriente de la isla. Militante de la Unión de Jóvenes Comunistas y practicante de taekwondo, como luego se supo. Sería él quien más tiempo ocuparía con su intervención y quien más interrogantes dirigiría a la mesa.

“¿Por qué el comercio interior de todo el país ha emigrado al peso convertible cuando nuestros obreros, nuestros trabajadores, nuestros campesinos cobran su salario en moneda nacional que tiene 25 veces menos poder adquisitivo?”, preguntó.

Un obrero, según cálculos suyos, tenía que trabajar dos o tres jornadas laborales para adquirir un cepillo de dientes.

“¿Por qué el pueblo de Cuba […] no cuenta con la posibilidad viable de ir a hoteles o viajar a determinados lugares del mundo? Digamos, yo. No quiero morirme sin ir al lugar donde cayó el Che, allí a Bolivia, y me dedico toda mi vida a sembrar ajos, digamos. Allá en un municipio de Las Tunas y tengo, no sé, 30.000 pesos en el banco. Eso, convertido, son 1.000 dólares. El pasaje de ida y vuelta a Bolivia vale 200 para allá y 200 para acá. Y yo quiero ir con mi familia, y llevar a mis hijos allí, a homenajear el lugar donde cayó el Che..."

Eliécer Ávila habló también de un viaje a Egipto, de no morirse sin ver las pirámides. Citó temerariamente los viajes de José Martí y de Fidel Castro, cuánto habían podido viajar ambos.

Pero no sólo se trataba de los países extranjeros, sino que resultaba imposible visitar ciertos rincones del país.

“Hace unos meses, yo estaba en una discusión, y lo tenía…”, dijo de su antagonista, “lo estaba matando”.

Sostenía una discusión a través de internet. Con un extranjero. Como parte de su trabajo en la Operación Verdad.

Preguntó a ese interlocutor por qué si su país marchaba tan bien y contaban con tan buen gobierno, tenían que venir a Cuba tantos compatriotas suyos a hacerse médicos. Por qué no podían estudiar en su país.

Andaban enzarzados en tremenda discusión. Su contrincante le contestó que él instalaba cables de teléfono, que en su familia habían doctores y graduados en ciencias en Cuba y que él los mantenía desde allí. Y devolvió el golpe a Eliécer Ávila con la pregunta de si acaso conocía Varadero.

El joven estudiante de Ingeniería Informática tuvo que reconocer que no.

¿Viñales?

Tampoco.

¿Tropicana?

No le quedó otra salida a Ávila, tal como reconoció en aquella asamblea, que pretextar un fallo técnico y dar por terminada una discusión que podía haber ganado.

La asamblea de estudiantes y profesores premió la anécdota con risas y con aplausos.

“¿Por qué no existe un intercambio más abierto y más constante entre, por ejemplo, el Consejo de Ministros y el pueblo?”, continuó con sus interrogantes. “Donde cada uno de ellos explique cuál es el proyecto que existe para resolver los problemas objetivos de su área, y el pueblo sepa en cada momento por qué y cómo y cuándo se van a resolver los problemas. Y así pueda ayudar más y de manera consciente”.

Puso como ejemplo los tremendos problemas del transporte público. Él consideraba indispensable que el ministro de Transporte se parara ante el pueblo y emprendieran entre todos una discusión sobre ese tema.

Había seguido por televisión las anteriores sesiones plenarias de la Asamblea Nacional del Poder Popular. Fueron transmitidas a lo largo de seis días, y él se mantuvo ante el televisor sin perder detalle. En una de esas sesiones se ocuparon del transporte público, y él le avisó a su padre que viniera a sentarse. Sin embargo, el primer diputado en tomar la palabra habló de los niños que morían en América Latina de enfermedades prevenibles, habló de los niños estadounidenses que no contaban con seguro médico, y apenas de los problemas del transporte público. Y así por el estilo, y así el resto de los tres diputados con turno de palabra. De modo que padre e hijo se quedaron con las ganas de oír alguna verdad sobre el tema.

“Nosotros aspiramos, nuestros jóvenes en cada uno de los debates, a que ese debate que ocurre al más alto nivel se parezca un poco más al debate que ocurre en los parques, en la tienda, en los pasillos, en los hogares, en las escuelas, en todos los lugares. Que es un debate un poco mil veces más aterrizado sobre problemas acuciantes.”

“¿Mil veces más qué?”, lo interrumpió Alarcón.

“Un poco más aterrizado. Aterrizado.”

No se trataba del mal funcionamiento de una sesión plenaria, sino del funcionamiento en sí del órgano de gobierno. Y Eliécer Ávila tenía allí, al alcance de sus palabras, a su presidente.

“Todo esto que estoy diciendo es más socialismo. Que a nadie le quepa duda”, advirtió.

“A nosotros nos parece que una revolución, un proyecto socialista no puede avanzar sin proyecto. Y nosotros estamos seguros de que existe, lo que queremos es saber cuál es. Y no nosotros, que tenemos esta oportunidad de estar hoy aquí con usted, una oportunidad tan buena. Lo digo por mi papá, lo digo por mi abuelo. Lo digo por un grupo de gente a la que se le han caído los dientes en el barrio mío trabajando de sol a sol detrás de una yunta de bueyes, y todavía no saben realmente cómo es la cosa, si se van a hacer realidad muchos de los sueños que se propusieron cuando niños.”

Su intervención no podía ser más esencial. Pedía, no ya instrucciones para ciertos temas como había hecho el profesor que lo antecediera en el micrófono. Pedía un sentido, saber a dónde se encaminaba todo.

En alguna asamblea, en alguna oficina, en algún documento oficial tendría que haber noticias del proyecto. Una explicación valedera, no sólo para él, que al fin y al cabo tenía sus privilegios de estudiante, sino para su padre y su abuelo. Para toda la gente que había gastado lo mejor de su vida por una idea que no sabían bien de qué trataba.

Gente que había perdido, no los dientes, sino la posibilidad de ver.

“Una oscuridad en todos los sentidos”, admitió Ávila, “no conocemos hacia dónde vamos”.

Había, por último, una cuestión que preocupaba especialmente a los 10.000 estudiantes de ese centro de estudios. Era un cuestión técnica, que afectaba a sus estudios y tareas. Él conocía bien lo dificultoso y caro que se hacía el servicio de internet para el país. Conocía del pobre ancho de banda con que contaban, pero un buen día habían cortado de raíz los dos servicios más usados por ellos, servicios que no encontraban sustitución posible por ahora. Se refería a Google y Yahoo!.

Existía una resolución ministerial al respecto, oyó decir. A él le llegaron noticias de que la razón estaba en que la información guardada en esos dos servidores quedaba fuera del alcance de Seguridad del Estado. Y le gustaría que alguien explicara la verdad acerca de todo esto.

Fue aplaudido fuertemente por sus compañeros.

Una prisión de menores

La extensa respuesta de Ricardo Alarcón volvió sobre el pasado prerrevolucionario, sobre la situación latinoamericana y estadounidense, sobre la dura política de Estados Unidos a soportar entre todos. Se vio obligado a reconocer su ignorancia en diversos temas de gobierno, y pretendió esquivar con ingenio los escollos que se le presentaban. Avisó enseguida que no podía responder a la pregunta acerca de los recortes de servicios de internet, porque era un lego en tales temas.

En cuanto a la falta de información reinante, él estaba completamente de acuerdo.

“Los que quieran criticar de los medios de información de nuestro país, me apuntan ahí, que yo voy a estar con las dos manos.”

Apeló a lo personal, a su experiencia. Cuando él tenía la edad que ellos tenían, y estudiaba en la Universidad de La Habana, tampoco había conocido Varadero y Tropicana. Venía de una familia burguesa, descendía de la aristocracia camagüeyana, pero no conocía esos lugares porque su padre no contaba con el dinero para pagarle vacaciones o diversión allí.

A la alusión a las pirámides egipcias, respondió con el recuerdo de una película basada en una novela de Agatha Christie.

Su Egipto era el de Monsieur Poirot.

El de Peter Ustinov en el papel del detective.

Y su utopía era la pesadilla de un controlador aéreo.

“Si todo el mundo, los 6.000 millones de habitantes, pudieran viajar a donde quisieran, la trabazón que habría en los aires del planeta sería enorme, ¿no es así?”

Habló de cuánta gente en el mundo no tenía presupuesto suficiente para viajar. Convirtió una violación de los derechos humanos en un asunto de imposibilidad económica. ¿No había escuchado que el ejemplo hipotético brindado por el estudiante contemplaba ahorros suficientes a partir de la siembra de ajos?

“Ojalá, ojalá todos los cubanos pudieran salir y conocer el mundo exterior”, extremó su hipocresía. “Yo creo que ese sería el fin de la batalla ideológica en este país. Cuando la gente viera de verdad cómo es la vida, cómo es el mundo real, cómo viven otros”.

La vida de verdad, el mundo real, estaba fuera, lejos. La vivían los otros. Ellos no, los controlados por permisos de salida y cartas ministeriales y pasaportes y visados a pagar en una moneda distinta a la de sus empleos, vivían una vida falsa, irreal. Demasiado mimados por el Estado revolucionario. Demasiado ingenuos, faltos siempre de escarmiento aunque hubiesen perdido ya los dientes.

En versión de Ricardo Alarcón la batalla ideológica quedaba reducida a reprimir las fantasías de la población cubana.

“No es verdad que el mundo sea tan sencillo, tan fácil”, avisó a la asamblea.

Sus contestaciones hicieron evidente que, en caso de tener que rendir cuentas públicas de su gestión como se exigió allí de los diputados, tendría que abandonar su puesto. Aunque también sería preciso reconocer que ningún otro dirigente cubano, ni siquiera de más alto nivel, habría conseguido enfrentarse a aquella batería de interrogaciones sin echar mano a subterfugios, sofismas e infantilidades.

Al contestarle al primero de los estudiantes que tomara el micrófono, Alarcón ejecutó un extraño ejercicio de marcha atrás que borró la escultura donada por Niemeyer, los edificios del campus, todo cuanto se alzaba allí. Habló de que cada generación tenía sus cometidos y que ellos, los más viejos, darían paso a los jóvenes.

“Y después, lo que hagan las generaciones futuras con lo que le vamos a dejar…”, abrió los brazos para significar lo ancho de aquella posibilidad.

Le faltaron palabras para imaginar qué podía ser del legado de los iniciadores revolucionarios, en que pararían tantos desvelos.

“Es un derecho también de ustedes”, aceptó. “Es el ejercicio de la libertad. Ahora, los más viejos tenemos la obligación moral de alertar, de prever, para que este lugar, por ejemplo, que es un centro increíble que sólo puede existir en Cuba, no vuelva a ser lo que era antes.”

No hablaba del campo de radares de tecnología soviética, ninguna alusión hubo sobre él en su discurso. Dirigía sus suposiciones a un tiempo anterior, al Campamento de Orientación Infantil de Torrens.

Una prisión de menores, reveló. Habían estado encarcelados allí varios condiscípulos suyos del Instituto de Segunda Enseñanza.

Opositores políticos del régimen de Fulgencio Batista, pese a su minoría de edad.

“Y estuvieron aquí […] encerrados en este lugar donde nadie se imaginaba que habría un día una universidad como esta.”

Retornaron la escultura de Niemeyer, las aulas, los dormitorios, las áreas deportivas. La desaparición momentánea de aquella esquina del legado revolucionario constituía una amenaza velada, un chantaje, la proyección de miedo propio.

Por suerte, el socialismo era irrevocable. El Campamento de Orientación Infantil de Torrens, luego Base Lourdes, era Universidad de las Ciencias Informáticas.

Por suerte, casi nadie tenía internet. Ni siquiera los estudiantes de la Universidad de las Ciencias Informáticas tenían internet del todo.

En pocas horas quedarían abiertos todos los colegios electorales del país.

Tomado de Diario de Cuba

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